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07:05h. martes, 01 de diciembre de 2020
Columna de José Marcelo

La metáfora del tren y las vías por donde transita, es la imagen elegida para reflejar el devenir de la vida. En este devenir existe la concepción del tiempo y su problemática, porque pasa el tiempo poseyéndonos, y no nos percatamos de que, de manera irremediable, nos dejamos arrastrar. Queremos ir, a veces, a contracorriente, pero la vida nos sorprende frenando nuestros pasos y ese deseo de vivir intensamente. Porque, de manera equivocada, creemos ser dueños del tiempo. Debemos recurrir a la mitología para recordar que el dios Kronos era un monstruo devorador que se alimentaba de sus propios hijos y, como ‘hijos’ del tiempo que somos, somos devorados por él.

La ansiedad de poseer el tiempo es, actualmente, una de las enfermedades psicológicas que se padece con más frecuencia. Pensamos siempre en ganar tiempo, nos obsesionamos por capturarlo en las RRSS y, a la vez, nos estresamos por ‘no tener tiempo’. Esto último lo repetimos continuamente. Con el objetivo de ganar tiempo, hacemos un uso abusivo de nuestro vehículo para trasladarnos, ya sea para ir al trabajo, o para disfrutar de nuestro tiempo de ocio. Como resultado, lo que obtenemos es una gran decepción y frustración, porque la velocidad y las prisas nos convierten en observadores virtuales, abandonando ese precioso tiempo de contemplar la naturaleza.

Pensar en la brevedad de la vida nos crea tensión vital. Este pensamiento nos motiva el deseo de vivir intensamente el presente, perdiendo la perspectiva de la herencia que hemos recibido, y que hemos de trasmitir, para mantener la especie humana. Al final, lo que hacemos con la vida, es vivirla alocadamente, cometiendo las mayores barbaridades. 
Otra cuestión, es cómo el ser humano transforma el planeta. La transformación la hemos llevado a un extremo tan grave que la naturaleza se siente dañada y dolorida. La respuesta de la naturaleza es rebelarse contra la especie humana, manifestándose con bruscos cambios climáticos. La comunidad científica ha alertado que la rápida propagación de virus como el zika o el denge están relacionados con el cambio climático, debido a que el aumento de las temperaturas favorece el desarrollo de estas enfermedades epidémicas y contagiosas.

El dilema está en elegir entre asumir la responsabilidad de nuestros errores y reorientar otra forma de vivir, o bien proseguir subidos en este tren que por esta vía nos conduce a un descarrilamiento. Si tomamos la segunda opción, la especie humana desaparecerá en un futuro más o menos lejano. Mientras, la naturaleza, de nuevo, volverá regenerarse -sin nosotros- tal como hizo en eras geológicas pretéritas. Son planteamientos pesimistas, pero no hay más alternativas.

Por otra parte, gracias al avance tecnológico del presente siglo, tenemos una concepción global del planeta y conocemos mejor el universo. Este desarrollo significa un beneficio para la humanidad, pero siempre y cuando también esté al servicio de la naturaleza y no en contra de ella. Esta concepción nos da una visión nueva de esperanza y de vida; sin embargo, el peligro es que el ser humano, demasiado a menudo, juega a ser Dios. Lo triste de estas cuestiones, es que una minoría actúa en su propio beneficio y sin importarle el futuro, y, mientras, la gran mayoría consume y vive en la ignorancia.