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22:07h. sábado, 24 de octubre de 2020
Columna de José Marcelo

“Cuando la pena cansada de mirarse, se apena/ y acude a mí buscando consuelo. Me siento humano/ y quiero beberme todas las lágrimas de un sorbo, me atraganto”.

Con estos versos, el poeta quiere asumir la pena, lo hace de manera humana, porque le duelen las penalidades y el dolor humano. Pero, ante el desánimo, está la esperanza de vivir plenamente. 

Hay un problema cuando hablamos de esperanza, que es cómo se concibe o qué se comprende por esperanza, e incluso cómo la vive, individualmente, cada persona. La respuesta a la cuestión está en que hay que construir la esperanza, lo debe hacer cada cual por su cuenta, de manera personal. A excepción de la otra esperanza, la de la humanidad, que se rige de otra manera.

Nuestra pensadora María Zambrano, en su libro Hacia un saber sobre el alma, nos dice sobre la esperanza: “La esperanza es hambre de nacer del todo, de llevar a plenitud lo que solamente llevamos en proyecto”.  Bellísima concepción que implica la acción de realizarse, de vivir. Esto supone afrontar la vida con todas sus consecuencias, de construirse, día a día, para hacer llegar la esperanza como ese futuro que se hace presente; dejando el lastre del pasado resuelto y superado.

Porque yo os puedo hablar, hablemos de “esta fuente de esperanza/ me da más sed cada día. / O de la esperanza que huye perseguida/ por un tiempo que no me pertenece/ y va conmigo./ O bien de esa esperanza que se muere en el alma./ O de aquella esperanza que no quiere dejarse atrapar por el tiempo./ Pero sé de una esperanza que es madre./ También está la otra esperanza, cansada y vieja”. Todas son cualidades o miradas con las que se hace presente. 

La otra esperanza, la de la humanidad, es más compleja, porque exige consenso de todos. Pero que, cada día, también la construimos con nuestros actos, o bien la destruimos. Es la que implica responsabilidad, vivir en armonía con la ‘Naturaleza’. Exige, como digo, la mirada puesta en los valores de fraternidad y solidaridad, para que tenga la cohesión necesaria ante las adversidades, y también actúe sobre esa parte negativa del ser humano: el egoísmo y los miedos. 

Sentirse humano implica darle sentido a la vida, para evitar vivir moribundo o al colapso del suicidio. Este es otro tema escabroso, donde se descubre que la esperanza nos abandona, o bien se viste de luto. Porque el desesperado no encuentra camino por donde transitar.
La acción de darle un sentido a la vida es el camino para ir construyendo la esperanza. Cuya acción está motivada por ‘razones del corazón’ que nos hacen sentir humanos y vivos. 

Como el asunto es vivir plenamente, afrontando la vida con sus penas y sus alegrías. Lo acertado para construir la esperanza es poner una sonrisa nueva al despertarse cada amanecer. Como diría el poeta: “... arrojar al viento una nueva sonrisa/ una sonrisa tan nueva que dé aliento nuevo, / lo nuevo nazca en los corazones/ del hombre y la mujer”.