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17:43h. domingo, 27 de septiembre de 2020
Columna de José Marcelo

“En el  principio de los tiempos, existía un gran vacío. Sólo la Soledad reinaba en ese  infinito vacío. Era tan grande su Pena, que sus lágrimas caían lentamente y se expandían llenándolo. Las lágrimas extendían sus setecientos setenta y siete brazos surgiendo las estrellas. Y en el firmamento aparecía la Alegría vestida toda de luces”.

Así ve el poeta el origen de las emociones, como si Morfeo soñara la vida y las crease. Cada emoción tiene su compañera antagónica. Esa cara oculta que se descubre demacrada y que ahonda sus raíces en el corazón humano. Porque es el corazón con sus neuronas cordiales quien  las acoge y les da ánima. El alma humana surge y nos hace humanos. 

La exposición  Emociones, del escultor Paurateño Diego Guerrero, que se puede visitar en el C.C. Ntra. Sra. del Carmen, Antigua Azucarera de Torre del Mar. Es una muestra del bien hacer, de esa sabiduría que tiene el oficio. Recicla los troncos desechados en el Valle del Genal y consigue ponerle rostro. Es como si se humanizará el árbol, para decirnos que él siente las mismas emociones. En nuestro inconsciente vive el recuerdo, de aquella época del principio de los tiempos, cuando no existía el hombre y todo era naturaleza. Ya existía un arbolito pequeño que vivía en el bosque que se llamaba Humano. Que fue el miedo quien le cambió, convirtiéndose avaro transformo toda la naturaleza. Ahora está atrapado sin conocerse, sin saber quién es, ni a dónde camina.

La cara oculta de las emociones es: no conocerse, no  saber para qué se ama, ni por qué se sufre. Esto ocurre cuando  convertimos el amor en egoísmo y el sufrimiento en un arma que nos destruye. Este estado de confusión  nos conduce a una profunda depresión. Vivimos de manera acelerada, sin valorar el ritmo de la vida, porque no le concedemos `tiempo al tiempo´. Se nos olvida dar las gracias, cada día, por despertar y ver amanecer. Tampoco sabemos conservar la vida como  lo hacen los árboles, porque, torpemente, destruimos su naturaleza, que es  la misma naturaleza de la que estamos hechos. Hay que aprender a vivir, pero también a saber morir...  Morir como mueren los árboles, de pie.

El arte es la única herramienta que nos salva al ser humano, para manifestar nuestras emociones e ir hacia la búsqueda de respuestas. Pero  el arte debe recuperarse como oficio; concediéndole el tiempo necesario. Para ello, hay que alejarse de esta vida acelerada y mercantilista. Es volver a sentir con los pies descalzos la tierra que nos alimenta. Las manos usarlas como verdaderos artesanos y alfareros. Hacer uso de la palabra justa que porta verdad. Porque la máquina debe estar a nuestro servicio, y no el ser humano ser servidumbre y esclavo de la tecnología. 

Enhorabuena, escultor Diego Guerrero, por tu labor creativa. Que has sabido tallar con firmeza y maestría: esa pena negra del moribundo y la alegría iluminada del mártir.