03:21h. jueves, 19 de mayo de 2022

Toda la vida de Dios

Cuenta una historia que, en un pequeño pueblo, había un hombre muy sabio, alrededor del cual la gente se reunía de vez en cuando para meditar y recibir sus consejos. 

Un día, sin embargo, apareció un gato que empezó a pasearse por la sala donde hacían la reunión. Era un gato muy juguetón, y no los dejaba concentrarse. Así que el sabio pidió que alguien lo atara mientras duraba el encuentro. Parece ser que al gato le gustaba participar a su manera, porque a partir de ese día, siempre aparecía cuando se reunían. Y tal como habían hecho el primer día, lo volvían a atar.

Los años fueron pasando, y un día el sabio del pueblo murió, pero siguieron celebrando las reuniones de la misma manera, intentando mantener vivo el espíritu de su maestro. Por su parte, el gato seguía apareciendo, y lo continuaban atando. Hasta que un día el gato también murió. Y, entonces, buscaron otro gato para poder atarlo durante las reuniones.

Me gusta mucho esta historia, porque muestra claramente lo que sucede cuando no conocemos el porqué de las cosas y acabamos comportándonos de modo automático y, a veces, sin mucho sentido. Desde pequeño me ha gustado intentar entender la explicación de lo que veo a mi alrededor. Ver el motivo que hay detrás de todo lo que existe, y comprender por qué muchas cosas son como son y entender por qué nos comportamos de una determinada manera.

Pero cuando compartimos esta inquietud con los demás, a veces, el comentario que a menudo se encuentra es que es una pérdida de tiempo, que no hay que entender el porqué de las cosas, que las cosas son como son y punto. Y añaden una expresión que nunca le ha gustado mucho a mi espíritu indagador: “Esto se ha hecho así de toda la vida de Dios”.

Intentar descubrir el porqué de las cosas no es una pérdida de tiempo, es la mejor manera de no terminar buscando gatos para atarlos. Los ciudadanos necesitamos conocer la cara oculta de las cosas y de los mensajes y titulares que recibimos a diario, muchas veces interesados y sesgados ideológicamente o, simplemente, falsos. Somos fáciles de engañar y hay muchísima gente dispuesta a tragarse el primer bulo que se echan a la boca. 

Hay muchas mentiras que triunfan fácilmente porque se ajustan a lo que algunos quieren creer. ¿Cómo no va a ser verdad eso, si es lo que yo pienso?, dicen algunos. 

Los tiempos actuales giran a gran velocidad y requieren grandes dosis de reflexión. Porque es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada. Y es que, a veces, de Homo sapiens tenemos poco y nos creemos a la primera todo lo que nos llega, demostrándose así lo poco crítica y lo escasamente bien informada que está la sociedad.

Esta inquietud en torno a la verdadera esencia de las cosas nos la deberían transmitir desde pequeños, en la familia y en la escuela, pues en esa fase de nuestra vida es cuando más curiosidad innata tenemos y más preguntas nos hacemos. Las nuevas tecnologías están adormeciendo los sentidos en exceso, y esa mirada al principio maravillada que todos tenemos de niños, acaba saturada. 

El prestigioso pedagogo, filósofo y ensayista español, Francisco Giner de los Ríos, creador y director de la Institución Libre de Enseñanza, afirmaba que “la sociedad solo puede cambiar a mejor si el ciudadano está formado e informado (yo añadiría, viajado), alejando la política de la educación y, sobre todo, separando la educación de la Iglesia porque educación y religión son incompatibles ya que las religiones prohíben pensar”. Si lo hacemos, con serenidad, con rigor y con honestidad seremos más libres.

Como dice el Gran Wyoming, presentador del programa de humor y actualidad de la Sexta, ‘El intermedio’: “Ya conocen las noticias, ahora les contaremos la verdad”. Esa es la senda por donde deberíamos caminar, la de la búsqueda de la verdad, si no queremos vivir en una sociedad anestesiada donde, cada vez más, la verdad no importa y la democracia acaba convirtiéndose en un reality show, no en un instrumento de servicio al ciudadano y de convivencia en paz y libertad para ejercer mejor nuestros derechos y deberes democráticos.

Muchas de las cosas que hacemos diariamente porque se han hecho así “toda la vida de Dios” puede que sean correctas y justificadas, pero otras muchas, tal vez, necesiten que nos las cuestionemos. Ganaremos dándole a nuestras vidas un poco más de sentido.