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02:46h. jueves, 25 de febrero de 2021
Artículo de Jesús Aranda

En este mundo atropellado y que se escapa a nuestro control, sentimos que todo va muy deprisa, aunque pa­rezca que no nos movamos.

Desde hace tiempo no paro de ha­cer una reflexión sobre cómo la mú­sica se ha banalizado y vulgarizado de tan recurrente en nuestra vi­da. Es evidente que el factor elemental de la crisis en el sector discográfico es la caída de las ventas y la devaluación del álbum o ce­dé como objeto artístico. Pe­ro me gustaría meditar so­bre un factor un tanto más e­xógeno, no tan importante co­mo el citado, pero sí digno de mención.

El ser humano, la sociedad, se ha acostumbrado a un medio en el que la música es constante. Quizá se pueda ir un poco más allá, tal vez la gente entiende la música como algo que debe tener a su disposición, como una acera bien adoquinada, como un banco en un parque. Seguramente nos encontramos en el culmen decadente de aquel maravilloso invento que fue el walkman. Con él, te podías llevar la música contigo, ya no tenías que limitarte a la intimidad de tu habitación (no vamos a citar a los horteras del loro al hombro). Esta decadencia actual de la música como parte del paisaje nació ahí. Malditas tiendas con la música electrónica a todo volumen, malditos ascensores con hilo musical, malditos pasillos de supermercado que alternan los avisos de megafonía requiriendo a fulanito que acuda a la caja 3 con una música indeseada, malditos coches con el reguetón a toda pastilla, malditos...

Tal vez todos deberíamos volver a pensar en la música como en algo ritual que debería sonar solo cuando lo deseas, no porque la vida deba tener banda sonora constante. Quizá la música se ha manoseado demasiado, se ha toqueteado, se ha utilizado de forma tan corriente y vulgar que se ha olvidado su espacio como deidad popular. Esa barra libre de sonidos por doquier ha hecho que se vaya perdiendo ese valor espiritual, de creación artística que merece mayor respeto.

Recuerdo cuando éramos bastante más jóvenes y nos reuníamos en casa de algún amigo a escuchar LP enteros. Discos que habíamos estado esperando meses,o años, a que se editaran en España. El ritual de contemplar la carátula, sacar el disco de su funda, darle la vuelta, ver las fotos y, si había suerte, las letras de las canciones…

Al igual que despreciamos una película con anuncios o un cuadro a medio ver, la música debe ser escuchada en toda su plenitud, sobre todo por aquellos para los que ha sido la señal de identidad de una generación y vehículo sobre el que se iban comunicando ideas sobre relaciones personales, valores sociales, ética política y, sobre todo, el sentido que pretendíamos dar a nuestras vidas.

En la pandemia que venimos padeciendo desde hace un año aproximadamente, hemos sido testigos de la importancia que la cultura en general y la música en particular ha tenido para sobrellevar esta crisis de la mejor manera posible.

Muchos músicos, tanto famosos como noveles y aficionados nos han regalado con sus interpretaciones y creaciones. Incluso la letra de una canción del Dúo Dinámico, Resistiré, se ha convertido en himno del coronavirus. Una canción que se ha sido portavoz de los deseos de superación y entereza ante lo que se nos avecinaba y que sirvió como una catarsis colectiva, como una liberación o transformación interior, convirtiéndose, sin quererlo, en el himno oficial de la resistencia al coronavirus suscitadas por esa experiencia vital profunda y que tanta huella ha dejado y va a dejar entre nosotros.

Como dice el escritor, músico y productor David Toop, “la música es una constante humana, una necesidad como el agua o los alimentos, pero se dan enormes diferencias en el modo en que las distintas culturas la han definido”. Así, en los últimos tiempos, en nuestra conducta social mediatizada por el consumismo y los medios de comunicación de masas, incluidas las redes sociales, la música, desgraciadamente, se ha convertido en un bien de usar y tirar, omnipresente de cualquier manera en nuestra vida, perdiendo así, gran parte de su valor como hecho cultural tanto personal como colectivo.

Así que, por qué no nos vamos planteando recuperar el auténtico sentido que la música tiene y dejamos de abusar de ella. Si seguimos así, como quienes beben sin tener sed y comen con el estómago lleno, nos convertiremos en unos tragaldabas, consiguiendo que uno de los mayores valores culturales, artísticos, y diría que espirituales, que tenemos los seres humanos, se torne en una deshonra que nos degrade abusando con bajeza para obtener alguna especie de beneficio espurio.

La música es vida, puede sanarnos, nos inspira y hace que palpite nuestro corazón y que creamos que todo nos va a ir bien. Hagámosle caso y disfrutemos de ella en las mejores condiciones. Nunca nos defraudará.