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05:58h. sábado, 04 de diciembre de 2021

Hablemos

Artículo de Jesús Aranda

Hubo un tiempo en que proliferaron en nuestro país las tertulias, que eran  reuniones con un tono coloquial que se celebraban periódicamente en casas, asociaciones y cafés para hablar de literatura o de política, o para compartir ideas, gustos y aficiones. A finales del siglo XIX y principios del XX, con la difusión de la prensa escrita que se solía leer en los cafés y casinos de muchas ciudades, se animó la charla y el debate en torno a la actualidad del momento y, como afirma el periodista Samuel Martínez, “las balas eran letras y las batallas se libraban en los cafés”. 

En esa época, capitales como Madrid fueron el hogar que eligieron intelectuales de toda clase y condición para confrontar sus distintas opiniones so­bre literatura, arte o política. Al calor de las tertulias, maduraron los Galdós, Lor­ca, Buñuel, Dalí o Valle-Inclán, en­tre otros muchos. Pero con la mayoría de los cafés históricos de muchas ciudades españolas tristemente desaparecidos y con el ritmo acelerado y estresado de nuestra sociedad, con pocos lugares que reúnen el sosiego necesario para la conversación, no es fácil la tertulia. Se ha impuesto el ruido, las televisiones encendidas a toda pastilla que casi nadie ve ni escucha, el opinar a golpe de titular y utilizar el grito o el in­sulto como argumentos cuan­do se carece de ellos.

En la actualidad hay un déficit im­portante de conversaciones y de­bates constructivos, y ese afán tertuliano ha pasado a los platós de televisión y a corrillos donde lo natural no es la discusión y la confrontación de ideas, sino el querer imponer al otro nuestro punto de vista y no aceptar visiones o aportaciones ajenas, sin olvidar que, en muchas ocasiones, cuando tenemos algo que decir, lo resolvemos vía redes sociales, ignorando que hay conversaciones que deben hacerse en persona, porque son importantes, íntimas o delicadas y es fundamental ver la expresiones faciales, escuchar el tono de voz y sentir la intención  del corazón de nuestro interlocutor. 

Muchas amistades, relaciones interpersonales y de pareja se han ido al garete, precisamente, por la falta de diálogo y aunque, en muchos casos, los silencios son más elocuentes que las palabras, en otras tantas sobran, porque pueden generar malentendidos y poner sombras de duda entre las personas. No debe haber, tampoco, eso que algunos políticos han puesto tristemente de moda y que llaman “líneas rojas”, aquello que se considera inaceptable, de lo que no están dispuestos a hablar, estableciendo de forma unilateral lo que no se puede sobrepasar y no aquello que es factible, que se considera válido o necesario y que no entraña peligro, es decir, hablar con los rivales políticos para llegar a acuerdos, que es lo que demandamos los ciudadanos que les hemos puesto ahí.

Hace unos días, leí un titular prometedor en un periódico de tirada nacional: “El Gobierno plantea un vuelco a la enseñanza de Lengua: menos análisis sintáctico y más aprender a comunicarse”. ¡Por fin!, suspiré al verlo, porque, que desde el Ministerio de Educación se hayan dado cuenta de que hay que potenciar el aprendizaje de la comprensión lectora y la expresión oral y escrita y reducir el tiempo dedicado a la técnica tradicional de analizar oraciones, me parece una magnífica idea. Así, ganará protagonismo la enseñanza de la comunicación oral, tanto en su vertiente formal, esto es, la capacidad de realizar exposiciones o participar en mesas redondas y debates, como en los usos informales.

Como bien argumenta la profesora Gua­­­­dalupe Jover, una de las ponentes del nuevo currículo: “Aprender a decir lo que queremos decir sin meter el dedo en el ojo al de enfrente; discrepar, o in­cluso quejarnos o protestar de manera constructiva y respetuosa con el interlocutor; aprender a resolver de manera dialogada los conflictos”. Este modelo de enseñanza más competencial ayudaría a recuperar el valor de la palabra y de la interlocución, en detrimento del exabrupto, el enfrentamiento verbal y la incomprensión. Atentos, señorías.

Hablemos de todo y con todos. Re­cu­peremos el valor de la palabra, sin ma­nosearla y adulterarla, sin prostituirla. No a los eufemismos y a las mentiras o medias verdades. Llamemos a las cosas por su nombre, porque las palabras no son, no deberían ser, más que reflejos de la realidad. Parafraseando a la gran cantante argentina, Mer­ce­des Sosa, podríamos de­cir: al insulto y la provocación, cierra la muralla; al diálogo, al entendimiento y a la razón, abre la muralla.

Todos deberíamos saber dar explicaciones, cada uno en su ámbito, de nuestras palabras y de nuestros hechos. Sobre todo los políticos y cargos públicos, con trasparencia y honestidad. Pero parece que muchos de ellos están abonados a la mentira, la ocultación, el desviar la atención o, simplemente, el no responder ni dar cuenta de sus responsabilidades. En cualquier caso, todos los que tengamos claro lo que nos jugamos, no seamos como ellos y hablemos.