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08:33h. viernes, 17 de septiembre de 2021

¿Todos somos...?

Columna de Francisco Gálvez

Las Fallas de Valencia se celebran, como tantas festividades en España, en honor a San José. El fuego ha devorado, desde 1774, todo tipo de imágenes, símbolos y caricaturas de personajes conocidos: una forma de libertad del pueblo llano, como lo podrían ser los propios carnavales.

Pero ahora ya estamos inmersos en una nueva era de castración intelectual en la que, por su puesto, el miedo y el propio autoconcepto del pensamiento único se ha convertido en el mejor arma para combatir a los cada vez más entregados occidentales. 

Es por ello que la falla Duque de Gaeta, ganadora de diversos premios ridiculizando el cristianismo, ha visto la luz y no va a entregar a las llamas una reproducción de una mezquita y una media luna, tras la amable petición de los musulmanes, y es raro porque ahora nos están convenciendo de que los extremistas talibanes, por ejemplo, son gente inclusiva, resiliente y sostenible.

Los comprendo. Pronto será tan difícil expresarse sin ofender, que lo mejor es plegar velas y dejar que sea el occidente el que arda por los cuatro costados. Es más: comprendo que nadie quiera morir degollado por quemar una falla, pero no puede uno dejar de preguntarse por qué debe morir nadie degollado en la España de las supuestas libertades democráticas por quemar una falla.

Quizá fuera eso lo que debió hacer Samuel Paty antes de impartir una clase sobre libertad de expresión en Francia. Quizá debieron haberle avisado de que eso era posible en otros tiempos, no hoy. Quizá. Aun así, como se trataba de un tema delicado, pidió que los ofendidos, o los que estén en contra de la libertad de expresión, se fueran. Y comenzó la clase. El profesor mostró entonces a sus alumnos una caricatura de Mahoma que había publicado la tristemente famosa revista satírica Charlie Hebdó -la de todos somos...-, que había sufrido un atentado hacía no mucho, precisamente por sus caricaturas del profeta del islam.

Paty quería que sus alumnos entendieran que sin crítica -llevada incluso al extremo de la sátira-, sin el poder que emana de la condición de ciudadano libre, nunca Francia -y, por ende, la civilización occidental- habría alcanzado los valores democráticos sobre los que se asienta la base del Estado de Derecho.
Lo decapitaron, claro. En Francia. Ante la mirada bovina de Occidente. 

Para completar la humillación, al alcalde de Ollioules, propuso que el centro escolar Les Eucalyptus pasara a llamarse Samuel Paty, en homenaje al profesor que se atrevió a dar una clase sobre la libertad de expresión en Francia. 

Todos los profesores de Les Eucalyptus, el 89 por ciento de los padres y el 69 por ciento de los alumnos, se pronunciaron en contra. No hay instituto en Francia que lleve el nombre de Samuel Paty. Nadie se manifestó en París por él. Ya está olvidado.

20.000 personas acudieron a arrodillarse a París, eso sí, por la muerte de un americano.