lunes, 22 de abril de 2024 00:01h.

El timo del amor

Hablar de timos  en un país donde la picaresca llegó a la cumbre como género literario y donde quien más quien menos  tiene conocimiento de ciertos personajes que elevan el sablazo a arte de esgrima, dejándote, si te descuidas, la cuenta corriente en las puertas de urgencias, podría parecer una paradoja si no fuera por la frecuencia con la que últimamente saltan las alarmas ante este tipo de delitos. 

Estaba yo metida en  la novela de Sándor Márai, La herencia de Eszter, cuando los medios alertaban de estas estafas. A raíz de eso, volví sobre la lectura con otra perspectiva. Márai, más que contar una historia, va desplegando ante nosotros ese mapa de la conducta y el alma humanas para posicionarnos y hacernos ver los lazos que sostienen los arquetipos universales: el de víctimas y estafadores.

Esta novela comienza con la expectativa de una visita. Alguien que formó parte de la vida sentimental de Eszter y que después de veinte años anuncia su llegada. Cuando reciben el telegrama de Lajos, el mentiroso y vividor  que dejó a la familia en la ruina, se pregunta Eszter “¿Qué querrá ahora?”. Aunque ella lo sabe a la perfección. Lajos es un ser egoísta, manipulador, estafador y mentiroso compulsivo, pero tiene algo que el resto de los personajes aprecian: el gusto por la aventura, el riesgo, el vivir al margen de los convencionalismos. Esto es lo que le hace encantador a ojos de los demás.

La estafa del amor quizás resuma su éxito en la conjunción de estos caracteres. El atractivo que encarnan estos timadores haciéndose pasar por pilotos, cirujanos, militares o actores, profesiones todas que implican una vida no convencional, a lo que unen el engatusamiento, la adulación, y el amor  casi predestinado que dicen sentir por sus  víctimas. Un cóctel explosivo para personas que se sienten solas y añoran una vida amorosa de película.

Estas estafas que se vienen cometiendo con el  amor como cebo, tienen protagonistas  tan invisibles como eficaces. Sus anzuelos están fabricados con esa amalgama de sentimientos capaces de encajar en la vulnerabilidad del otro, y las cañas se lanzan mul­titu­­­di­nariamente y a la vez con un  clic de teléfono o a través de un mensaje en las redes sociales, donde cualquiera puede jugar a ser otra persona con un simple copia y pega.

Lo terrible es que detrás de la estafa no hay una persona, sino verdaderas organizaciones criminales con sedes tan opacas como la nube desde la que trabajan. Tienen a su favor lo que el timador tradicional siempre tuvo,  la benevolencia,  soledad, necesidad de amor y la ingenuidad de algunas personas;  sólo que ahora, para provecho de esas mafias, se viene a sumar  la impunidad y la invisibilidad que les ofrecen las plataformas virtuales.

Hay quienes puedan pensar: “¡Pero, cómo se puede caer en eso!”.  Ay, amigos, la vida es un enigma, y lo cierto es que la sed de compañía, el sentirse querido y halagado es algo común a todos los mortales. Amar y ser amados es una de las aspiraciones más nobles, y  la soledad puede convertirse en un yugo cuando no se desea. Para combatir esa soledad no deseada, hombres y mujeres se refugian tras un teléfono o un ordenador y llaman, o abren la puerta, a otros que de nada conocen. Se creen, o quieren creerse que han topado con el hombre o la mujer de su vida. “¡Menuda suerte!”, se dicen. 

La cosa es que, en poco tiempo, congenian  como si de amantes eternos se tratara, aunque no  lleguen a verse las caras, saber del fuego del beso, ni  sentir el calor del abrazo. El timador pide dinero con cualquier excusa y la víctima lo da hasta que despierta del letargo o se queda sin fondos.

Así que, amigos lectores, más vale salir a la calle y tomar café con churros con alguien conocido que buscar en la pantalla unas relaciones que te pueden dejar con una mano delante y otra detrás. Y si os apetece, La herencia de Eszter puede resultar una grata y aleccionadora compañía.