sábado, 03 de diciembre de 2022 00:18h.

Besos en el pan

Este es el título de una de las novelas de  Almudena Grandes. Pero también fue un acto, casi instintivo, para la chiquillería de mi generación.

Este es el título de una de las novelas de  Almudena Grandes. Pero también fue un acto, casi instintivo, para la chiquillería de mi generación.

En nuestras casas nada se tiraba. Éramos de las que besábamos el pan si caía al suelo y, luego, como si nada, lo llevábamos a la boca. Íbamos a la compra con la cesta, o a la panadería con la talega de algodón bordada y  vestíamos, en gran medida, con aguja de cos­turera y  la labor de nuestras madres.

Recuerdo las reuniones que manteníamos un grupo de adolescentes en el compás de la iglesia de Las Claras, en Vélez-Málaga. El padre Emilio era un hombre comprometido que trataba de abrirnos los ojos a las injusticias que, día sí y día también, campeaban por este mundo de Dios. Una de esas tardes, nos habló de la sociedad de consumo, algo que nos pareció  entonces cosa de película futurista. No creíamos que llegara un día en que el  comprar y tirar se convirtiera en algo cotidiano, ni que la vida, en cuestión de décadas, cambiaría hasta el extremo del derroche sin límite. Éramos jóvenes. Queríamos un mundo más feliz y solidario.

Hoy, con todo lo que hemos mejorado, la solidaridad y la justicia a la que aspirábamos queda aún muy lejos. No hay más que echar un vistazo a los informes que emite la FAO, Amnistía Internacional o Cáritas. En el mundo se despilfarran alimentos en casi dos mil millones de toneladas al año, cuando más de ochocientos millones de personas pasan hambre y, de éstas, cuarenta y cinco millones de niños sufren la forma más mortífera de malnutrición.

Mi padre todavía recuerda los estragos de los años 40 del pasado siglo, cuando tenía que echarse al campo a rebuscar lo que fuera para sobrevivir. Lo mismo que recuerda cómo sacaban cadáveres de las casas. Tenía un gato en la barriga, decían las vecinas.

Morir  de hambre es una agonía lenta y terrible.

En El año del hambre, novela del finés Aki Ollikainen, se relata la desgarradora odisea de una madre con sus dos hijos en la Finlandia de 1867, cuando un invierno interminable junto a una mala cosecha sembrará de muerte  los caminos. 

Con las mejillas huesudas, las ojeras y ojos hundidos, el animal del hambre arañando las tripas y el frío inimaginable en los huesos, los protagonistas buscarán un mendrugo de pan de corteza de pino con que sostenerse en pie un día más.

De vez en cuando hay que leer algo así. Yo  diría que hasta es recomendable. Estamos tan habituados a ver las tragedias en pantallas, que quizás nuestro cerebro no las esté procesando bien y, como agua en aceite, resbalen ante nuestros ojos sin llegar adonde debieran.

Cuando tiramos alimentos estamos echan­do a la bolsa de la basura mucho más: El agua, tan preciada. El dolor sin fondo del sacrificio, si son animales. El esfuerzo de hombres y mujeres para su producción. Nuestro propio esfuerzo y, por si fuera poco,  la vida y  esperanza de muchos de nuestra especie.

El derecho a una vida digna es un derecho inalienable del ser humano. Junto a ese derecho, tenemos el deber de no dilapidar los recursos.