10:33h. Jueves, 14 de noviembre de 2019

Y, de repente, la razón

Columna de Antonio Jiménez

Con la azarosa explosión del bosón de Higgs (Big-Bang), hace 14.000.000 de años (siempre cifras aproximadas), exponencialmente se expandió esa primera materia hasta formar este Universo (galaxias, estrellas, planetas, etc.) que, paso a paso, vamos conociendo. 

Después de la aparición de la vida en la Tierra (4.000 millones de años), hará 500 que, “desde el pulpo, la vida animal posee los sustratos neurológicos necesarios para generar consciencia” (Decla­ración de Cambridge). “Substratos”, en los que un insólito accidente (mutación, translocación, etc.) activó la consciencia en el cerebro de un primate no humano (¿entre 7 y 3 millones de años?), convirtiéndolo en un ser consciente del mundo que lo rodeaba. Había nacido el primer animal capaz de saber, en potencia, de lo que veía, de él mismo y de su entorno. ¡El primer hombre que descubrió el mundo!

Un sin par salto cualitativo en el proceso transformador de la materia ─tal como un repentino chasquido*─ dado en los circuitos neuronales del cerebro de aquel animal transfronterizo. Todo lo demás, hasta hoy, ha venido siendo evolución natural impulsada hacia adelante por el instinto de supervivencia de aquel Homo Sapiens... ayudado por la razón. 

De lo unívoco (circuito cerrado animal) a lo equívoco (hombre). Todos seguimos siendo animales; solo que aquel circuito se rompió por arte de birlibirloque mutando a abierto en los humanos. De ahí: la libertad, la duda, el pensar, el saber... ¡Y todo por un simple ‘chasquido’!     
Temprano barrunté la imposibilidad de que, desde la ‘cantidad’ (volumen del cerebro...), saltásemos hasta la ‘cualidad’ de la razón que nos identifica como humanos.

* Ya toqué el tema en 2012 (El Avance).