16:28h. Martes, 25 de Junio de 2019

Entevista literaria al profesor y músico Jesús Aranda

La vida en sol mayor de un músico enamorado

El trecho que separa el centro de adultos del restaurante es corto. La Costa del Sol brinda con un día de otoño. De los que gustan. Fres­co y luminoso. Azul y transparente el cielo. El ambiente, seco. Con el viento de poniente. Del que ‘pela’ si eres del Sur. Jesús Aranda tiene el andar tranquilo. Parece que se dejara llevar al compás de sus reflexiones. Como si estuviese constantemente cavilando al ritmo de un metrónomo: Tic, tac, tic, tac… Porque Jesús es un hombre de letras atrapado en un pentagrama y la música se enreda en sus neuronas. Busca las herramientas adecuadas para analizarlo todo. Para desenredar la maraña de ideas que le rondan la cabeza. Y no se queda tranquilo hasta ver que todo está en orden. O que quizás algún día pueda estarlo. “Reivindico el valor de la música como expresión de todas las inquietudes humanas y, si en ello está denunciar o poner sobre el tapete injusticias o abusos del tipo que sean, me parece bien”. 

Uría entrevistando a Aranda
Uría entrevistando a Aranda

Las escaleras conducen hasta el comedor. Paredes de piedra vista enmarcan sillas y mesas blancas. Ventanales grandes de madera gestionan la luz del mediodía. Un arco de medio punto abierto en la pared, simula un pozo seco. Fuera de lugar. Con su utilería y todo. Cubo, cuerda, polea. Falta el agua. Que acompañó a Jesús desde su infancia. Primero en Málaga. Luego en la Axarquía. Playas que bañaron su vida de poeta y trovador.

Se sienta predispuesto. Pensativo. Observando el terreno para ver qué ocurre. Espera que no le aburran demasiado. Porque es un hombre práctico. Aunque hoy ha decidido comer tranquilo. Empezando por digerir el escenario de la entrevista.

-No es usted muy hablador...

-Me encuentro regular. Con la garganta tocada. Yo, estando con gente buena, soy hablador.

Le pilla por sorpresa. Como la primera guitarra. La primera canción de amor. De niño adoraba a su hermano Salvador. Con él descubrió la magia de la música negra. Del rock. Del pop. Del rhythm and blues… Por eso le dedicó su libro Confesiones de un músico enamorado.

-¿De qué manera le influyó su hermano Salvador? 
Revolotean los recuerdos de su infancia y Jesús sonríe y se emociona. Le ha tocado el alma. Y se le nota.

-Él es mayor que yo. En aquella época de folclore rancio y de costumbrismo al uso, mi hermano compraba discos de los Beatles, de los Rolling Stones, música negra; James Brown; discos de la casa Atlantic: Aretha Franklin, Otis Redding, Sam & Dave… y esas eran las primeras vibraciones musicales que yo escuchaba y que me marcaron profundamente. 

Y entendió que: “la música, de todas las creaciones que existen, es la que más profundamente llega al ser humano, no solo por los oídos, sino que te produce una serie de sensaciones que van a lo más profundo de tu espíritu, de tu ser y de tu alma”. Y escuchó I am the walrus de los Beatles en una cara del sencillo -en español: Soy la Morsa- y Hello, Goodbye en la otra. Y Jesús cuenta que “ambas canciones se incrustaron en mi mente y fueron mi primer contacto consciente con el mundo de la música moderna”. Con 10 años. En 1967. Cuando otros niños cantaban El patio de mi casa, El corro de la patata, El cocherito leré o A mi burro le duele la cabeza, Jesús Aranda escuchaba rock and roll y se compraba discos de los Rolling Stones. ¡Madre mía! “Nunca me he considerado una persona normal (en el buen sentido de la palabra). Siempre he ido a contracorriente y por otros derroteros”.

-¿Y el verano de su infancia en el seminario de Guadarrama en el Valle de los Caídos?

-Yo era muy joven y, rápidamente, me di cuenta de que aquello no era para mí.

El camarero trae la comida. Los rayos del sol que atraviesan la ventana le hacen sentirse incómodo. Tal vez por el calor que desprenden o puede que entorpezcan su mirada cansada y escondida detrás de las lentes. El caso es que entorna la hoja de madera acristalada y, una vez arreglado el ambiente, se relaja y come. Continuemos, parece que piensa. ¿Qué viene ahora? 

La vida le transportó en el tren de la enseñanza. Viento en popa, a toda vela. Sobre los raíles del mástil de una Gibson. A ritmo de blues. Jesús Aranda se empapa de la historia de la música. Disfruta con su vocación de pedagogo dirigiendo el centro de adultos María Zambrano, en Vélez-Málaga. Personas que buscan en sus clases recuperar el tiempo perdido. Conseguir las metas a deshora, pero con las ambiciones intactas.

-Usted es un estudioso de la música. ¿Lo hace  porque es profesor o lo haría de cualquier modo?

-Hay un poco de deformación profesional. El rock cambió a  la juventud: la forma de pensar, la forma de vivir, la manera de plantearse la vida, los ideales de libertad, de no discriminación de ningún tipo, de explorar nuevos caminos, de abrir la mente a través de la música. La música tiene un valor como manifestación cultural indudable. Por lo que es cierto que, desde mi parcela de enseñante, me influye mucho a la hora de querer divulgarla a través de todo tipo de actividades: escribir libros, dar conferencias, programas de radio, etc.
Apoya los codos en el borde de la mesa y mueve las manos cuando quiere enfatizar sus palabras para destacar algún aspecto de lo que está diciendo. Dirige la orquesta de su pensamiento. Y sus gestos le ayudan a armonizar la melodía de sus respuestas. “Desde chico siempre me ha gustado, más que dirigir, organizar. Y como para hacer cosas, alguien siempre tiene que dar un paso al frente, pues eso me ha tocado a mí. Hay habilidades que no tengo, pero tratar de dirigir aquello que me gusta, se me da bien, porque me dejo el alma en ello y eso va con mi carácter y con mi personalidad”.

-¿Y la creatividad?

-En los años 60 y 70, ocurrió una eclosión de creatividad, el querer decir muchas y diferentes cosas por caminos muy distintos. Efectivamente, no tiene nada que ver la riqueza y la gran variedad de estilos y aportaciones musicales en esa década prodigiosa (mediados de los 60, finales de los 70, hasta que estalló el Punk)… Antes, los músicos tenían libertad para hacer la música que quisieran, para diseñar sus portadas y para escribir las letras que quisieran. Hoy en día esto se ha perdido y se enfatiza lo políticamente correcto. De ahí esa linealidad y homogeneidad, no solo en la música, sino también en la sociedad.

-¿Y su vocación?

-Yo siempre digo que soy profesor y músico, en ese orden. De ser profesor es de lo que vivo materialmente, y de ser músico vivo espiritualmente. La vocación de músico puede encontrarse antes que la de maestro. Simplemente por cronología vital. 

Llegado este punto, se encuentra más cómodo. Ha conocido el terreno y ha mejorado su malestar. Se siente más dispuesto cuando habla de lo suyo. De la música que corre por sus venas: “Jamás olvidaré, estando yo en el instituto en Málaga, cuando a un profesor avispado se le ocurrió la idea de organizar un ciclo de cine musical. Estoy hablando de finales de la época franquista, cuando tuvimos la posibilidad de ver películas como: El Concierto de Bangladesh, Monterrey Pop o El Festival de Woodstock y nos parecía que estábamos viendo una cosa de otro planeta”.

Y se imagina entre la multitud. Disfrutando de un concierto inasequible en un mundo desconocido, pero real. Porque Jesús tiene el alma joven. Y eso se nota cuando habla. Con entusiasmo comedido. Con la esperanza de que no se pierda el norte. Sujetando el desajuste social que vivimos y tratando de arreglarlo.

-¿Los jóvenes han perdido los valores?
-Eso lo pueden decir personas a las que les interesa que la juventud no tenga valores. La juventud no ha perdido nada. Quien ha perdido los valores es la sociedad. La juventud está sujeta a lo que la sociedad piense o plantee sobre ellos y no tiene la culpa de nada, por lo menos en parte.

-¿Y su mensaje?

-Los jóvenes de hoy en día tienen todas las herramientas necesarias para llegar rápidamente al conocimiento. Lo que tienen que pensar, yo creo, es primero en ser jóvenes y divertirse, que para eso son jóvenes, y, segundo, intentar ser notables haciendo lo mejor que puedan su papel. Formándose y preparándose para un futuro que está lleno de riesgos y de desafíos.

-¿Se cambiaría de época?

-A mí me gustaría volver a nacer sabiendo lo que ahora sé.

Y sonríe. Gustándose. Jesús Aranda es un poeta que, cuando abre su corazón, transmite un mensaje de esperanza: “Me duele la falta de amor a nivel general. Ya lo decía John Lennon: All you need is love, todo el mundo necesita amor. Deberíamos funcionar en clave de amor y comprensión a todos los niveles: político, social… Eso me preocupa, pero lo que más me duele son las injusticias y los abusos de poder. Con eso no puedo”. Si tiene que elegir, “elijo Hojas de hierba, de Walt Whitman. Es una poesía libre y liberadora, que se fija mucho en los detalles”.

Se levanta tranquilo y satisfecho. Hablaría de mil temas más, pero por hoy ya tiene bastante.

-¿Una canción? “Escalera al Cielo, de Led Zeppelin”.

Y mira que es difícil elegir. Entre miles de canciones que rondan por su cabeza, encuentra la respuesta adecuada. ¿O será su respuesta acomodada? No. Aranda nunca se acomoda. Se ha­ce mayor y reflexivo, pero a la inquietud disimulada de su vida, todavía le faltan muchos conciertos de verano. Se baja del coche sin forzar la máquina. Agradece la atención. Cortés y educado. Y se va como se marchan los buenos momentos. Sin meter ruido. Seguro que pensando en un nuevo proyecto. Una letra nueva para sus canciones. Un acorde que se ajuste a la melodía que está buscando. Un nuevo libro. Una nueva conferencia… Pero eso será otro día. Se aleja la figura. En clave de Sol, para poder entender la vida de un músico enamorado.