Campanas para un eclipse

De entre las muchas noticias y anécdotas alrededor del eclipse de sol que nos ha sobrecogido el pasado día 12, me sorprendió una señora de Pamplona que ha compuesto un toque de campanas para anunciar ese momento tan especial. Pianista jubilada y campanera de la catedral de Pamplona desde el año 2011, Rosalina Caballín ha creado tres toques para acompañar el eclipse total de sol y anunciar además las medidas de seguridad. Ella misma haría sonar las campanas desde Lerín, en uno de los momentos más singulares de este fenómeno astronómico que nos ha maravillado. La vi en televisión delante de dos campanas explicando cómo sería ese toque tan especial para anunciar un milagro de la naturaleza que nos ha sobrecogido con su espectacular belleza; tres toques para anunciar los momentos álgidos del eclipse, una composición originalísima para envolver un momento único.

Siempre me han gustado las campanas. Su sonido ancestral, su toque, entonces manual, acompañaba mis juegos en las calles empedradas de mi pueblo de Gredos; sonaban tristes cuando se moría alguien, alegres cuando había misas o procesiones, y con fuerza cuando había fuego en el monte o se escapaba un toro. “Corre, niña, corre, que las campanas tocan a toro escapao”. Las campanas de mi pueblo eran parte de la banda sonora de mi infancia, como los grillos y las chicharras, como la música cantarina del río saltando  bajo el puente medieval; como el viento seco de la sierra que movía las agujas de los pinos aireando y perfumando el ambiente.

Durante muchos años, las campanas de Arenas de San Pedro sonaron de la mano de Pilar, la entusiasta campanera del pueblo para quien las campanas eran como sus hijas. En una entrevista deliciosa, que volví a leer hace poco, la entrañable periodista arenense Josefina Carabias hablaba con ella de su vida entre campanas. La inolvidable periodista, que solía contar en sus crónicas “lo que veía con sus sorprendidos ojos de moza de Arenas de San Pedro”, definía a Pilar como “una mujer alta, seca, sarmentosa como nuestro Patrón San Pedro”,  y de ella escribía: “Es cuando Pilar da el toque del alba cuando el pueblo empieza a bullir”. La periodista preguntaba, y ella, mujer sencilla que no entendía de letras, contestaba: “Pues mire, lo único que quiero es que se arregle la campana gorda pa poder echarla al vuelo como en vida de mis padres”. Esa era su ilusión, que sonara otra vez la campana gorda. Qué maravilla de entrevista. Qué personaje de pueblo tan entrañable, tan fresco, tan sencillo... Tan de verdad.

Pensé en Pilar cuando veía a Rosalina Caballín enseñar su toque especial, creado para el eclipse que nos dejó sin palabras. Me habría encantado estar allí, donde ella tocaba esas campanas estrenando música para anunciar un momento único de belleza indescriptible. Un momento que viví en la intimidad de un pequeño balcón, con mis gafas homologadas, la emoción a flor de piel y el síndrome de Stendhal acechando, rodeando mi asombro, abrazando el latido arrítmico de un corazón sensible rendido a la belleza sublime de algo que veía por primera vez. La Luna se comía al Sol ante mis ojos; la romántica Luna se acercaba al astro rey para fundirse con él en un abrazo imposible de luces y sombras. El día y la noche se hicieron uno y el síndrome de Stendhal se materializó en esa noche de repente que silenció a los pájaros y acalló las voces. Y en el silencio ensordecedor sentí la sacudida, el vértigo inevitable ante la belleza nueva y oscura que me hacía llorar.

Desde la distancia, aun sin poder ver en directo el final de ese abrazo de luz que nos oscureció el cielo y nos sobrecogió, pensé en la campanera de Pamplona, que compuso un toque de campanas para anunciar un milagro celeste. Y pensé especialmente en Pilar, la entrañable campanera de mi pueblo;  a ella la imaginé con su falda larga, su moño gris y su delantal en el campanario de la iglesia, esperando el momento grandioso para echar al vuelo la campana gorda, que era su ilusión, y que habría sonado como nunca anunciando el espectáculo sublime de un eclipse total de Sol. Josefina Carabias habría inmortalizado el momento en un crónica deliciosa de aquello que veían sus ojos, más sorprendidos que nunca. Ella, con su prosa amena y sencilla hablaría de ciencia, de Astrología, de fenómenos del Universo... Pilar, que no sabía de letras, ignorante de casi todo, rezaría al compás de sus campanas, y se santiguaría mil veces pensando sin dudar que aquello tan raro que veían sus ojos era un milagro de su  Patrón San Pedro.

“Es ciencia, no es magia”, decía la astronauta española Sara García, completamente emocionada por el eclipse. Ciencia, magia, milagro... Algo único pasó el día 12 que nos hizo sentir lo infinitamente grandioso que es el Universo; lo infinitamente pequeños que somos lo humanos. Volverá a pasar. El Sol rojo se esconderá de nuevo en el abrazo amoroso de su plateada Luna el 2 de agosto del próximo año. No imagino mejor regalo para mí en el día de mi cumpleaños. Me gustaría verlo entero, esta vez desde algún lugar especial, quizá desde un campanario coronado con un nido de cigüeñas donde mis sorprendidos ojos se maravillarían, una vez más, de la infinita belleza del Universo que nos acoge. Imaginaré que estoy allí, en el viejo campanario donde reinaba Pilar, sabiendo que ella, desde algún rincón celeste, sigue echando sus campanas al vuelo anunciando el milagro y rezando a San Pedro.

El toque manual de campanas en España fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO el 30 de noviembre de 2022. De haber vivido entonces, Josefina Carabias lo habría contado al detalle en su columna de Ya, y se lo habría explicado a la entrañable campanera de su pueblo. Y Pilar lo habría celebrado de la mejor manera que sabía, echando al vuelo sus campanas, tocando, con mimo, jubilosa y sin partitura, su música especial para el eclipse.