El día en que la Tierra se quedó a oscuras

Los eclipses han marcado importantes acontecimientos en la historia de la humanidad. Cuando el firmamento se apaga sin aviso y deja un frío que ensordece, los hombres se asustan y buscan respuestas. En la antigüedad, estos sucesos se veían como batallas entre dioses y monstruos que querían devorar la luz y la vida. Uno de los momentos más antiguos de los que hay constancia ocurrió en Ugarit en el año 1223 antes de Cristo, cuando el día se volvió noche y los escribas anotaron el miedo en tablillas de barro.

Siglos después, en el año 585 antes de Cristo, en las orillas del río Halis, un eclipse detuvo una guerra entre los lidios y los medos. Pasó a la historia porque el oscurecimiento del cielo a mitad del combate asustó tanto a ambos ejércitos que decidieron abandonar las armas y firmar la paz. Los soldados tiraron las armas al suelo al ver el cielo negro y firmaron la paz porque entendieron que el cosmos les ordenaba parar la sangre.

En China, los astrónomos de la corte tenían la obligación de avisar sobre estos cambios, pues se creía que el Dragón Celestial (Tianlóng), se tragaba el sol. La creencia era tan profunda que la propia palabra antigua en chino para referirse a un eclipse es Shí (食), que significa literalmente «comer» o «deglutir». Si fallaban en su predicción, la consecuencia era la muerte. Así ocurrió con los astrónomos Hsi y Ho, quienes olvidaron calcular un eclipse y pagaron con sus vidas el descuido. Cada rincón del planeta ha buscado una explicación para entender por qué la fuente de calor desaparece de repente.

Representación de un antiguo eclipse solar procedente de Perú, que muestra su impacto en los pueblos antiguos. (por museumoflost)

El refugio de Amaterasu y la danza de Ame no Uzume

En Japón, el mito explica este fenómeno a través de los lazos de familia y el peso de la tristeza. Amaterasu, la deidad del sol, gobernaba los cielos con orden y equilibrio. Su hermano Susanoo, dios de las tormentas, provocaba destrozos en los campos de arroz y en los telares sagrados. Cansada del caos y herida por las ofensas, Amaterasu decidió apartarse de la creación. Corrió a esconderse en la cueva de roca celestial Ama no Iwato (天岩戸), y cerró la entrada con una piedra enorme. El mundo quedó en penumbra absoluta, el frío cubrió los campos y los espíritus del desorden tomaron el control de la tierra.

Los miles de dioses se reunieron en el lecho del río seco para buscar una solución que devolviera el día. Ninguna oración lograba mover la roca ni ablandar el corazón de la deidad que permanecía oculta en la piedra. Fue entonces cuando Ame no Uzume, la diosa del alba y de la alegría, decidió actuar con sencillez. Volteó una tina de madera, subió a ella y comenzó a bailar con fuerza, golpeando el suelo con los pies descalzos. En su danza se despojó de sus ropas y empezó a hacer gestos que causaron gracia entre los presentes. Los dioses pasaron del temor al júbilo y sus risas hicieron temblar el cielo.

Amaterasu, intrigada por el alboroto dentro de su encierro, se preguntó cómo era posible que celebraran mientras el mundo estaba a oscuras. Movió un poco la piedra para mirar hacia fuera y Uzume colocó un espejo frente a la grieta. Al ver su propio reflejo parpadeante, Amaterasu pensó que habían encontrado a otra deidad de luz y dio un paso hacia el exterior. En ese instante, los dioses la tomaron de la mano y cerraron la cueva con una cuerda de paja para que nunca pudiera regresar al fondo de la roca. La luz volvió a tocar las plantas y la vida recuperó su curso.

Tianlong

Los sonidos del renacer

Esta historia del regreso de la luz ha inspirado formas de arte a lo largo de los siglos. El compositor Koichi Kishi tradujo este mito al lenguaje musical en la primera mitad del siglo veinte con su obra sinfónica dedicada a la danza de Ame no Uzume. La Filarmónica de Japón y agrupaciones sinfónicas del país han interpretado estas melodías donde los instrumentos de viento emulan el viento de la cueva y la percusión marca el ritmo de los pies de la diosa sobre la tina de madera. Al escuchar la música, se percibe el tránsito desde el silencio de la noche hasta el estallido del día. Los violines crecen a medida que la piedra se mueve y las trompetas anuncian el momento en que el sol vuelve a mirar a los hombres. Es un viaje que va desde el vacío hasta la plenitud.

Ama No Uzum en pleno baile, acompañada de los demás kamis para sacar de la cueva a Amaterasu_

El viaje por el fondo de la mente

El encierro en la cueva funciona como un reflejo del alma humana. Podríamos hacer una lectura del mito como el proceso que vive una persona cuando la tristeza o el dolor nublan la existencia. Retirarse del mundo es un mecanismo de defensa ante las tormentas de la vida, un espacio donde el individuo se oculta para no sufrir más daño. La cueva representa el aislamiento y los muros que se construyen para no ver la realidad. Lo podemos ver en otros mitos como el de Antígona. Sin embargo, el mito enseña que la salida no se logra mediante la fuerza bruta, sino a través del arte, la comunidad y la aceptación.

La risa de los dioses y el baile sin adornos de Uzume muestran que la alegría sana las heridas más profundas. El espejo que saca a la deidad de la roca es el autoconocimiento, la capacidad de mirarse de frente y reconocer el valor propio para volver a empezar. La historia muestra el tránsito de la oscuridad a la claridad, un camino necesario para valorar la luz tras haber conocido el frío del olvido.

Kōichi Kishi y Leo Sirota

El ciclo que no termina

Los eclipses seguirán ocurriendo mientras la Luna y la Tierra mantengan sus órbitas en el espacio. La ciencia hoy permite saber el segundo exacto en que la sombra tocará el suelo y ya no hay necesidad de inventar monstruos que devoran astros. A pesar del conocimiento técnico, el ser humano sigue sintiendo el mismo escalofrío que los escribas de Ugarit cuando la tarde se apaga en silencio. El miedo ha cambiado de forma, pero la reverencia ante el cosmos permanece intacta.

El sol siempre vuelve a salir tras la sombra de la Luna o tras el encierro en la cueva. Al ponerse la música y cerrar los ojos, se puede sentir ese instante en que la reina del cielo decide perdonar al mundo y regalar sus rayos otra vez. La luz regresa para recordar que ninguna noche es eterna y que la vida siempre encuentra una grieta para volver a brillar.

Fuentes:

  • Kojiki: Crónicas de antiguos hechos de Japón (año 712 d.C.)
  • Ō no YasumaroThe earliest known solar eclipse record redated (año 1989)
  •  T. de Jong y W. H. Van SoldtHistorias (siglo V a.C.) – Heródoto de Halicarnaso