Generación España
Hay una generación en España que ha vivido la muerte de cinco papas, el reinado de dos reyes, un cambio de milenio, de moneda, la entrada en la OTAN, en la UE; han presenciado un mundial de fútbol en España (y han visto ganar otro), crisis económicas mundiales, la llegada de internet… Una generación que recuerda sentirse con menos imposiciones y menos normas, que compara continuamente sus años de juventud con la época actual: “Éramos más libres”, “podíamos salir a la calle sin miedo”; las películas eran “peliculones”, los dibujos animados eran los más divertidos… Cuando suena una canción “de su época” recuerdan la letra sin equivocarse y podrían bailar sus pasos sabiendo que no se perderían, diciendo, a todo aquel que los quiera escuchar, que es la mejor música de todos los tiempos. Si suena en la radio mientras conducen, la cantan a pleno pulmón, ante la mirada atónita de una chavalería que lo primero que piensa es: ¿pero qué mierda está sonando?
Y lo piensan, al igual que lo pensábamos nosotros de la música que escuchaban nuestros padres, de las películas que veían, de los libros que leían, porque cada generación ha vivido una etapa en su juventud que les ha transformado. Han tenido experiencias propias, y ajenas, que han hecho que sus decisiones moldearan sus vidas. La música, la literatura, el cine, y toda expresión artística que hubiera en su época la asocian, indisolublemente, a entonces, convirtiéndola en algo irremplazable. Nada podrá competir con aquella época. Nada podrá superarla.
Cuando somos jóvenes nos creemos rompedores, innovadores, salvajes, y eso hace que tengamos ganas de experimentar, que nos atrevamos a realizar trabajos que, con cincuenta años, ni nos plantearíamos; a pensar en viajar a cientos de kilómetros para ver a la novia o a irnos a vivir otro país. En esos años somos superhombres, pero ¿cuántos de esa generación han llegado a hacerlo? ¿Cuántos han cogido la mochila y se han presentado en una ciudad desconocida, sin hablar su idioma y sin un trabajo?
La mayoría de esa generación ha seguido las normas establecidas: estudias, buscas trabajo -a ser posible en la misma ciudad-, te casas, tienes hijos y… fin. Su vida se ha convertido en aquello que odiaban: rutina. No son capaces de escapar de ella. Unos por miedo al fracaso; otros, por comodidad; otros, por cobardía. Quisieron ser protagonistas de una historia emocionante y fueron meros espectadores de todo aquello que vivieron. No jugaron el mundial, pero se sienten Iniesta; no se convirtieron en reinas, pero creen saber lo que vive Letizia. Se sienten frustrados, decepcionados, pero en el momento que suena esa canción en la radio del coche, se transforman. Vuelven a ser esos chavales que tenían sueños, ideales, ganas. Y cuando menosprecian esa música -o cualquier tema que tuviera que ver con aquellos años- lo toman como un ataque. Porque no es la canción en sí sino lo que estaban haciendo, y viviendo, cuando sonaba.
Vuelven a ese cuchitril de bar, al olor a tabaco, a ese suelo pegajoso, a esa chica preciosa que no les hacía ni caso, pero estaban convencidos de que “algún día” caería rendida a sus pies. Cuando ven esa película, vuelven a estar sentados en las butacas de ese cine grande y acogedor al que iban los sábados por la mañana, junto a su cuadrilla de amigos; cuando releen ese libro, se ven a sí mismos escondidos entre las sábanas de la cama, intentando que su madre no les riñera por llevar dos horas más de la cuenta leyendo, imaginando que eran ellos quienes habían escrito esa historia. ¡Cómo se atreven a decir que es una mierda! Se sienten heridos, pero no por que estén atacando la canción, sino porque están atacando la que, probablemente, sea la mejor etapa de su vida, en la que sentían que les quedaba mucho por hacer y que tendrían tiempo para hacerlo, pero al comprobar que esa chica nunca les miró, ese trabajo nunca llegó, ese viaje nunca se realizó, y que su vida es anodina y ordinaria, sólo les queda agarrarse a esos recuerdos hechos canción, libro o película, en los que el chico se quedaba con la chica guapa y el malo era derrotado.
Las redes sociales están llenas de ellos. Sólo hay que pasar cinco minutos en una y encontrarnos al Harry el sucio de turno, al que llaman don Harry, que dice “las cosas a la cara” (detrás de una pantalla), que incita a todos a la “revolución” (sentado en el sofá, móvil en mano). Lo adoran. Lloran su ausencia. Todo lo que dice tiene mucha repercusión (pero sólo allí y para sus acólitos). Y siente que por fin lo ha conseguido. Es el protagonista. Dentro de esa red social es Dios. Fuera… ¿y quién quiere salir fuera?