El cielo entre cuatro paredes

Su pequeño cuerpo temblaba. El golpe había sido tan inesperado que, durante unos segundos, no sabía qué le había sucedido. Miró a su alrededor. El suelo estaba resbaladizo. ¿Qué era aquel sitio lóbrego y húmedo? De repente, una sombra ocultó la poca luz que había y el terror se apoderó de él. Cerró los ojos e instintivamente movió las alas intentando elevarse, pero no le respondieron. ¿Qué había sucedido? Lo último que recordaba era estar volando detrás de sus hermanos procurando seguir su estela, pero no era lo suficientemente rápido. Empezó a sentirse mareado, las alas le empezaron a fallar y, poco a poco, sus hermanos se alejaron. Intentó aletear más rápido, aunque lo único que consiguió fue agotar las pocas fuerzas que le quedaban y comenzó a caer. Todo estaba perdido.

Pasaron unos minutos hasta que se atrevió a abrir los ojos de nuevo. Seguía estando oscuro, pero ya no sentía la humedad del suelo. Su cuerpo empezó a entrar en calor y, lentamente, dejó de temblar. Luchaba contra el miedo y se repetía que no debía cerrar los ojos. No sabía dónde estaba ni qué le estaba ocurriendo, hasta que una agradable sensación recorrió su cuerpo: el calor le daba tranquilidad; la oscuridad le daba sosiego. Y, dejándose arrastrar por ella, su respiración se relajó, quedándose dormido.

Al abrir los ojos de nuevo, no se oía nada. Intentó mover las alas y, aunque al principio le costó, consiguió batirlas, pero al elevar el vuelo cayó de bruces contra el suelo.

-¡Ey, pequeño! Aún no estás listo.

Una pequeña mano le sostuvo, arropándole. Volvió a sentir la misma sensación de calma, pero esta vez no cerró los ojos, sino que miró fijamente al hombre que le había sostenido. Elevó la mano y la acercó al borde de una mesa, donde un pequeño nido hecho con jirones de una camisa vieja y un poco de relleno de una almohada le estaba esperando.

-Venga, no seas tímido. Sube.

El pajarillo se acercó lentamente. Al notar la suavidad del relleno, se dejó caer. Y, haciéndose un ovillo, volvió a quedarse dormido.

No sabía cuántos días habían pasado desde que llegara a aquel lugar. Y tampoco le importaba. El extraño humano dedicaba todo su tiempo a cuidarle. Se levantaba cada mañana y se aseguraba de que tuviera agua en un pequeño recipiente que había colocado junto al nido. Cada poco tiempo le traía un insecto para saciar su hambre. También se había preocupado en curar una de las alas que tenía herida. Cada tarde, antes de ponerse el sol, le animaba a alzar el vuelo, pero el pajarillo tenía miedo de caerse y no se atrevía ni siquiera a abrirlas.

-Debes hacerlo; debes volar -le insistía una y otra vez, pero nada más acercarse al borde de la mesa, huía hacia el nido-. No, no lo hagas -le rogaba el hombre entristecido-. Tú que puedes, vuela.

Durante todo ese tiempo, el pajarillo no había emitido ningún sonido, hasta que una mañana, muy temprano, la celda se llenó del canto del gorrión. Uno de los guardias que entraban a revisarla cada día llegó corriendo y abrío la puerta.

-¡Lo has conseguido! El bicho no se ha muerto -exclamó sonriendo, viendo al pajarillo volar raudo por toda la estancia-. ¿Vas a dejarle salir?- le preguntó intrigado.

-Es él quien decide su destino -susurró, encogiéndose de hombros. Su mirada recorría el rápido vuelo del gorrión por la celda-. Tiene la ventana abierta.

Pero el pájaro se posó suavemente en su hombro y comenzó a piar.

-Creo que le gusta su nueva casa -comentó divertido el guardia.

El nido de jirones pronto se quedó pequeño. Ahora no sólo traía insectos para él, sino que el aleteo de decenas de pájaros hacía de su celda un universo de alas: unas con plumas coloridas y alegres; otras heridas y entristecidas que encontraban refugio en aquellas manos bruscas para los hombres, pero delicadas para las plumas. Robert pasaba las noches en vela, bajo una luz mortecina, descifrando en libros de cubiertas gastadas los secretos de las enfermedades que apagaban el trino de sus compañeros, junto con el sonido del papel rasgado por una pluma y el aroma de los ungüentos que les aplicaba. Días de soledad impuesta suavizada por los trinos; noches de soledad forzosa acompañadas por el estudio.

Sin embargo, el mundo exterior empezó a filtrarse por los barrotes en forma de sobres lacrados, miradas serias y gestos reprobatorios. El pajarillo no entendía de leyes ni de normas severas. Sólo sentía la tensión en los hombros de Robert cuando los guardias entraban en la celda y veían el desorden. Notaba el miedo en sus ojos cada vez que el alcaide fruncía el ceño ante la falta de higiene de un lugar que, para el ave, era el único hogar posible.

La caída final no llegó con un estruendo, sino con un silencio gélido. Un día, los instrumentos de cristal que Robert usaba para destilar remedios -y, a veces, en forma de alcohol- fueron el pretexto para el fin. Los trinos cesaron. Los libros se cerraron. A Robert lo envolvieron los muros de Alcatraz, donde el aislamiento ya no se llenaría con el batir de alas, sino con el eco de los cincuenta y cuatro años de encierro.

Aquel gorrión, que un día cayó a sus pies en el patio de la cárcel, nunca supo que para el mundo Robert Franklin Stroud era un ser despreciable, un asesino violento sin aprecio por la vida humana. Para él, sólo existía la memoria de una mano cálida que, en el momento más oscuro, le devolvió el cielo.