Locke, Plutarco y Cervantes

John Locke (1632-1706), uno de los grandes pensadores británicos y europeos, y un gran defensor de la libertad de pensar, definió la fe com “el asentimiento que otorgamos a cualquier proposición que no esté fundada en la deducción racional, sino sobre la revelación”. Hay que tener fe en que tendremos un mundo mejor. Traslado este pensamiento a los casos de corrupción en España en la actualidad : “si de verdad queremos que no se repitan los Plus Ultra, los ERE o las tramas Gurtel, conviene poner en práctica la lección que llevamos siglos repitiendo, es decir, la corrupción no se ataja multiplicando los vigilantes, sino reduciendo el campo de juego en el que esa corrupción es siquiera concebible. Si lees, como leí yo hace tiempo, los Ensayos de Michel Montaigne (1533-1592), aprendes a admirar a Plutarco, el célebre autor de las Vidas paralelas, 23 parejas de biografías, una griega y otra romana, con la pareja “Alejandro y César” como cúspide. La Introducción de sus Vidas, no de sus historias, termina con un párrafo memorable : “La celebridad de Plutarco no acaba en el siglo XVIII, una parte del siglo XIX le es todavía fiel, pero con el cambio de espíritu de la segunda mitad del siglo XIX cesa la admiración por el hombre individual, para dirigir su mirada a la masa, a la colectividad”. Pero ya en el siglo XXI resurge, está resurgiendo, la admiración por el hombre individual, como el interés por Plutarco y su aseveración de que el individuo (no la colectividad) es el gran motor de la Historia. Pongamos también, una vez más, a Miguel de Cervantes y su Quijote como ejemplo : “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho. Cada uno es artífice de su propia ventura”. La lectura es presentada como un motor que transforma vidas y un refugio para el pensamiento. Cervantes comprendió siglos antes que la verdadera educación no consiste en acumular datos, sino en ampliar la mirada. Leer permite viajar sin moverse, y andar permite comprender aquello que los libros apenas insinúan. Por eso El Quijote no es sólo una novela sobre un hidalgo soñador, sino una defensa profunda de la imaginación, de la curiosidad y la dignidad del espíritu. La otra gran idea cervantina que dice que “cada uno es artífice de su propia ventura” refuerza ese mensaje.