Deplorables seudónimos y anonimatos
Hay reflexiones que por su singular exposición llevan implícitamente un retrato de su autor que por sí misma origina una aproximación fidedigna de la persona o personas que escriben. La contradicción se plantea cuando se escribe atrincherado tras un seudónimo, por lo que el ejercicio psicoanalítico tendremos que provocarlo desde estas líneas. La libertad de expresión es parte central del equilibrio entre los poderes del Estado y es ejercida por personas conocidas, con nombre y apellidos, y máxime cuando se escribe en un medio público y la identidad determina buena parte de la reflexión supuestamente defendida. El anonimato es deplorable en la mayoría de ocasiones, y es deplorable especialmente cuando se utiliza para atacar a otra persona públicamente. La cobarde ocultación evidencia una adulteración de quien escribe, y sus argumentos valen tanto como la falsedad del seudónimo al que recurren. Esto es más fehaciente cuando se interpela a alguien que escribe sus artículos con toda la identificación precisa : nombre, apellidos y foto personal. Pero también, todo seudónimo público siempre precisa de la complicidad que da acceso a la publicación, es decir, lo que a todas luces origina un agravio comparativo, y eso, sin duda, es injusto. ¡Es la ley del embudo por la que hay que transitar dadas las circunstancias! El tema del anonimato mal empleado, algo parecido a los salteadores de caminos que salen al paso con la cara cubierta, supone que nada bueno cabe esperar de la embestida enmascarada, ya que “el lenguaje es como un cuchillo : sirve tanto para cortar el pan como para matar”. Si de verdad interesa dirimir posiciones de la actualidad, contrastar pareceres claramente antagónicos, hay posibilidades más honestas y aseadas, empezando por la transparencia de los contendientes, sin ocultarse tras un nombre falso. ¡Es la cobardía superlativa que garantiza la cartera del ámbito del criticado! De todo ello se desprende que no merece la pena entrar en una respuesta pormenorizada a argumentos que caen con la inercia de su peso, porque son resquebrajados pretextos utilizados permanentemente que sólo convencen a la parroquia, siempre incondicional. Son los hechos los que deben determinar la realidad de las personas, no los juicios de intenciones, porque son vicios muy arraigados en una izquierda política cada vez más desfigurada que sorprende tanto a propios como a extraños.