Lo innombrable del terror
En el cine, la literatura, la pintura, o cualquier expresión artística, se ha tratado el terror como eje de lo común, donde seres maléficos, monstruos o brujos aparecían confrontando nuestro mundo ordenado al del caos invisible, la ignorancia o el vacío. Pero de este tipo de manifestaciones hay algo que me resulta más inquietante que el monstruo en sí, y es que no tenga nombre. No ponerle nombre no es al azar, sino una decisión con intencionalidad. Es una forma de quitarle origen, pertenencia y, en muchos casos, humanidad a un ser que representa todo aquello que tememos y que desconocíamos.
A lo largo de la historia de la expresión artística y la filosófica, lo innombrable no aparece solo como un recurso estético, sino como una herida entre lo humano y lo cósmico. Esta ausencia de nombre no es solo una falta, también es una forma de crear. El arte no solo representa la realidad, también construye maneras de entender lo que no se puede explicar. Nombrar lo innombrable —o no nombrarlo—, es darle una especie de existencia a lo que, si no, se quedaría fuera de nuestra comprensión.
En este sentido, la obra se mueve entre lo que no se puede decir y lo que sí se puede entender. Frente al límite del lenguaje surgen los mitos, las historias o las imágenes, que nos permiten trabajar con lo que no tiene bordes. No se trata solo de describir el miedo o el vacío, sino de darles forma para poder imaginarlo.
Dar nombre —o no darlo—, nunca es algo neutro: es una forma de crear e imprimir realidad. Lo que no tiene nombre no desaparece, sino que se vuelve más difícil de entender y más inquietante.
Nietzsche dice en El nacimiento de la tragedia (1872): «El hombre prefiere querer la nada a no querer». Es decir, preferimos darle algún sentido a las cosas, incluso si ese sentido es oscuro o doloroso, antes que enfrentarnos a la nada.
Por eso, el arte no solo muestra el miedo o el terror de no ser, sino que lo transforma en algo que podemos compartir. Lo convierte en un lenguaje común que hace que pese un poco menos. Y al final, incluso lo que no tiene nombre sigue siendo una forma de hablar de nosotros mismos.
Frankenstein (1818): el cuerpo fragmentado y la identidad impuesta
En Frankenstein (1818), de Mary Shelley, la criatura no tiene nombre porque no tiene un lugar simbólico en el mundo, y al profundizar, el horror de la obra no reside únicamente en su condición de monstruo asignada, sino en cómo ha sido construido. El cuerpo del ser está hecho de restos. No es una unidad con identidad, sino una suma forzada por alguien que decide cómo ensamblar esos fragmentos.
Puede leerse como una metáfora del lugar de la mujer en su contexto histórico, definida por otros, ensamblada socialmente, privada de una identidad propia. La criatura encarna ese grito silencioso: soy lo que han hecho de mí. Y el verdadero horror no es su aspecto, sino la mirada social que lo rechaza. La sociedad, en este sentido, resulta más monstruosa que el propio monstruo.
El Minotauro: el mito, la política y el desprestigio
El Minotauro no es solo una figura mítica, sino también una construcción cultural con intención política. Los mitos que lo narran proceden en gran medida del mundo griego continental, particularmente ateniense, en relación con la civilización minoica de Creta.
Desde esta perspectiva, el Minotauro puede leerse como una estrategia de desprestigio, representar a la cultura cretense como monstruosa, híbrida y dominada por impulsos irracionales de unos reyes ineptos. La figura del ser que es mitad hombre y mitad toro, encerrado en un laberinto, proyecta una imagen de barbarie frente a la supuesta racionalidad griega.
El monstruo aquí no es solo biológico, sino simbólico: es el otro al que se le niega plena humanidad. Aunque tiene un nombre se le niega ante horror de otro, que se relaciona con este solo desde un lugar de miedo y muerte. No hay identidad, solo función. Es una forma de despojar de singularidad a un ser que simboliza algo más; el fracaso de una sociedad corrupta.
Cuando Jorge Luis Borges reescribe el mito en La casa de Asterión (1947), ocurre algo radical: el monstruo habla, y se nombra Asterión, incluso otorgándole linaje. Pero ese gesto no lo libera; más bien revela su soledad absoluta. El nombre no basta si no hay reconocimiento. La identidad necesita del otro para ser completa.
It (1986): el pronombre como abismo
En It (1986), de Stephen King, el ente es designado como «Eso». No es un nombre, sino una evitación. Un intento de señalar una realidad sin comprenderla del todo, quitándole lo único que puede darlo significado; la atención.
Aquí el lenguaje fracasa en su finitud, porque no se trata de ocultar el nombre, sino de mostrar que no hay nombre posible. La entidad es anterior a la forma, anterior incluso al pensamiento. Y por eso puede encarnar todos los miedos, porque no está limitada por ninguno.
El grito (1893): el silencio como forma del terror
En El grito (1893), de Edvard Munch, la figura central suele interpretarse como alguien que grita. Sin embargo, una lectura más inquietante sugiere lo contrario: no está gritando, sino tapándose los oídos.
Esto cambia todo, porque entonces el grito no proviene del sujeto, sino del mundo. Es un sonido externo, violento e insoportable. La figura abre la boca, pero no emite sonido: el terror se desplaza al silencio.
Ese silencio es clave. No hay nombre, no hay voz, no hay respuesta. Solo una experiencia que desborda el lenguaje. El horror aquí no es lo que se expresa, sino lo que no puede expresarse, y contorsiona el gesto en busca de alivio ante tal experiencia.
Filosofía: entre lo dionisíaco y lo innombrable
Friedrich Nietzsche (1844 –1900) plantea la tensión entre lo apolíneo (orden, forma, razón) y lo dionisíaco (caos, exceso, pasión). La cultura occidental, según él, ha evolucionado alejándose de lo dionisíaco, reprimiendo esas fuerzas. Pero lo reprimido no desaparece: retorna. Y muchas de estas figuras sin nombre pueden entenderse como irrupciones de lo dionisíaco en un mundo que pretende ser racional. Son grietas por donde emerge lo que no puede ser contenido. Donde lo oculto conecta con lo siniestro, como señala Freud.
En Immanuel Kant, especialmente en su obra Crítica de la razón pura (1781), aparece una idea que se acerca mucho al miedo a lo desconocido. Kant plantea que hay una parte de la realidad que existe, pero que nunca podemos conocer directamente: la llama lo nouménico, o la cosa en sí. Es decir, el mundo tal como es realmente, más allá de cómo lo percibimos.
El problema es que ese nivel de la realidad no puede ser visto, tocado ni nombrado del todo. Solo podemos acceder a sus apariencias, pero no a su esencia. Y eso deja una grieta inquietante: la posibilidad de que siempre haya algo real que se nos escapa. En ese sentido, Kant no habla de miedo de forma explícita, pero su idea sugiere algo latente: que vivimos rodeados de una parte del mundo que nunca podremos comprender del todo, ni encerrar en palabras.
El miedo y la pertenencia
Aquí emerge una idea central, y es que el miedo está profundamente ligado a la pérdida de pertenencia. El nombre, el origen, la historia… no son solo datos, sino estructuras que nos sitúan en el mundo. Aprendemos quiénes somos a través de las historias que nos contamos y del otro, con el reconocimiento, el lenguaje y la relación que creamos.
Cuando esto se nos niega —cuando no hay nombre, ni procedencia, ni reflejo— aparece una forma de terror más profunda que cualquier monstruo: la posibilidad de no ser.
Por eso estas figuras sin nombre inquietan tanto, porque no son simplemente extrañas, son posibles. Nos muestran lo que ocurre cuando se rompe el vínculo con el mundo, cuando nadie nos nombra, cuando nadie nos reconoce.
Claude Lévi-Strauss, en obras como El pensamiento salvaje (1962), plantea que las sociedades humanas necesitan nombrar y clasificar todo lo que existe para poder organizar el mundo y hacerlo comprensible.
Desde esta idea, lo que no tiene nombre o no encaja en ninguna categoría queda fuera del orden simbólico. Y aquello que queda fuera deja de ser familiar, porque no puede ser situado dentro de ningún lugar conocido. Para Lévi-Strauss, el ser humano necesita el nombre para pertenecer. Cuando algo no puede ser nombrado, pierde su lugar en el mundo humano, y eso genera una sensación de extrañeza y desarraigo que puede volverse aterrador.
La universalidad del miedo
Federico García Lorca, en Poeta en Nueva York (1929–1930), muestra una visión del ser humano en la que la identidad se fragmenta dentro de un mundo moderno caótico y deshumanizado. En sus poemas, el individuo aparece aislado, sin un lugar claro, casi despojado de su esencia. No es una pérdida de identidad individual únicamente, sino una sensación más amplia de desarraigo, donde el sujeto deja de sentirse único para formar parte de un entorno que lo absorbe.
En este contexto, el miedo no es algo personal, sino compartido. Se convierte en una experiencia común de vacío y desconexión que cualquiera puede reconocer. Lorca sugiere que la fragilidad del ser humano no es excepcional, sino universal: todos, en algún momento, pueden sentir el miedo sin nombre dentro del mundo.
Y, sin embargo, hay una paradoja. Esa ausencia de identidad individual genera una forma de universalidad. La criatura sin nombre, el rostro sin identidad, el grito sin voz… pueden ser cualquiera. El miedo, en este sentido, se convierte en un lenguaje común. No necesita nombre porque es compartido. Todos reconocemos ese vacío, esa caída y esa falta de lugar.
En última instancia, lo innombrable no solo produce terror porque sea desconocido, sino porque roza algo esencial: la fragilidad de nuestra identidad, construida siempre en relación con los otros. Y cuando esa relación se rompe, lo que aparece no es simplemente el monstruo, sino la posibilidad de que nosotros también lo seamos.