Infoxicación

«El exceso de positividad conduce a un infarto del alma», escribía Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio. Leí ese libro hace tiempo. En algunos momentos me resultó denso y difícil de seguir, pero ciertos destellos de claridad permanecieron en mí, y hoy vuelven con fuerza cuando me pregunto si ya en 2009, con Sonríe o muere, Barbara Ehrenreich no estaba advirtiéndonos de una forma de tiranía invisible que erosiona la ética universal. La visibilidad positiva se ha convertido en una trampa.

Michel Foucault, en Vigilar y castigar (1975), ya nos advertía sobre los mecanismos de control que operan de forma sutil pero constante. Hoy, esa lógica parece haberse perfeccionado en el entorno de las redes sociales. El resultado es una combinación precisa que genera cansancio, fatiga y apatía, estados que ya están documentados, aunque rara vez son reconocidos en consulta médica cuando acudimos con ojeras marcadas, taquicardias o una persistente sensación de vacío. La sanidad pública, sin embargo, todavía no parece integrar estos factores ambientales de nueva generación.

Nicholas Carr, en The Shallows (2010), explicaba cómo Internet está modificando nuestro tejido neuronal debido a la sobreexposición constante, favoreciendo la fatiga mental y un pensamiento cada vez más superficial. Aun así, seguimos tratando ese mundo virtual como una extensión inocente de la vida, cuando en realidad está construido sobre una infraestructura material compleja: plásticos, minerales raros y una economía opaca que rara vez se cuestiona. Esa ingenuidad revela nuestra forma acrítica de relacionarnos con estos sistemas.

Hoy, las redes sociales no son solo espacios de encuentro, sino también de trabajo, de contacto profesional y de negocio. Se han convertido en vitrinas donde todo se expone: la identidad, las oportunidades, incluso la propia existencia. La primera impresión lo es todo, y si no se sostiene la atención del otro, se fracasa en el mercado laboral, en el social e incluso en el íntimo.

Así, ciertas formas de relación han sido desplazadas por dinámicas más rápidas y superficiales. Se pierden los cafés sin prisa, las cartas escritas a mano o las conversaciones en la calle, bajo un suelo cubierto de cáscaras de pipas y palabras encendidas. Todo lo que vivimos queda registrado, archivado y convertido en dato. La postmodernidad ha logrado virtualizar aquello que era irreemplazable, codificando emociones y sentimientos que antes se compartían de manera directa, sustituyendo lo vivido por una representación constante.

El resultado es una especie de nostalgia contemporánea: la de quienes conocieron los últimos restos de una vida más lenta, donde el trabajo era una vocación y no una identidad total. Hoy nos adaptamos a la farándula digital mientras aceptamos, con resignación, el tránsito por un camino de píxeles amarillos, sin saber si podremos encontrar finalmente al mago de Os —o al sistema operativo que lo rige todo.

Se trata de una transformación que difícilmente podían prever los pensadores del pasado, y que incluso hoy conduce al pesimismo cuando se observa desde una perspectiva contemporánea. Sin embargo, esta misma tecnología ha logrado, por primera vez en la historia, conectar comunidades separadas por kilómetros, montañas, lenguas y creencias, rompiendo una especie de Torre de Babel moderna. Pero esa conexión no siempre une: también expone la injusticia, el sectarismo y las narrativas totalitarias que conviven con pequeñas realidades fragmentadas.

Se nos impone, así, el peso de un mundo entero. El «peso del mundo» de Atlas se transforma en el Sísifo condenado a empujar su piedra una y otra vez, en una repetición que erosiona el sentido. A ello se suma un nuevo mandato: el de la sonrisa permanente, la positividad obligatoria, tatuada en el rostro como si pudiera ocultar la carencia y la desolación.

La infoxicación se convierte en el nuevo reto de Zeus para una humanidad castigada a el esfuerzo inútil y repetitivo, un castigo que no conduce a ningún lugar y en el que el camino pierde su sentido. El propósito parece haber sido absorbido por la avaricia y la codicia, incluso cuando ya no se manifiesta necesariamente en dinero, porque quienes operan en estos sistemas comprenden que la sobreexposición no siempre genera valor.

Las reglas del mercado cambian con rapidez. Ya en 2006, Chris Anderson, en The Long Tail, explicaba cómo todo puede ser vendido a todos, cómo desaparecen las categorías estables de producto estrella o nicho definido, sustituidas por una dinámica fluida donde todo se reconfigura constantemente. Internet se convierte así en un espacio abstracto, donde los algoritmos redefinen continuamente las reglas del juego.

En ese escenario de complejidad aparente, se produce una sensación de profundidad que, al examinarla de cerca, a menudo se revela como simple pretensión. Es una forma de banalización de la vida, en la que el exceso de posibilidades no siempre se traduce en libertad, sino en dispersión. Y esa dispersión, al final, puede convertirse en una forma de pérdida: de tiempo, de sentido y, en ocasiones, de dirección.

Un mundo del que resulta cada vez más difícil salir.