La enfermedad fuera del sistema (y II)
La habitación estaba suspendida en el tiempo, nada ocurría en ella sin que él lo decidiera. Los minutos se plegaban como las sábanas, y el vaho del cristal le recordaba que había un corazón que seguía latiendo, circulando sangre y produciendo dióxido de carbono en sus pulmones, envueltos de un gris áspero. El humo suspendido en el aire taponaba las arterias de quienes querían entrar, de aquellos que se aventuraban a habitar aquel espacio donde él era el soberano.
En su desnudez escondía la dignidad de quien había abandonado la vida como misión imposible, de manera honesta, sin paños calientes. La ayuda no era negada porque no la quisiera, sino porque había decidido que su vida tenía una fecha de caducidad, y no sería la que la guadaña decidiera.
Una conciencia enjuta sostenía unos huesos y piel en forma humana para expresarse, como si el recipiente elegido tuviese poco que opinar. La voz se volvió eco, y el eco, silencio. La flor de la dormidera tomó el campo de su pensamiento y lo cubrió de rojas amapolas, para reforestar aquel páramo que había dejado el pasar de los días en aquella habitación.
La comida se volvió escasa, líquida, para que al menos el cuerpo no muriera de sed, porque de hambre ya había curtido el hábito y se había vuelto un asceta de la enfermedad. La rigidez de las articulaciones hacía juego con la de sus pensamientos, que no eran de agradecimiento o gratitud, sino de cansancio. Ese cansancio era compartido por quienes allí lo acompañaban.
Una planta fue el termómetro de habitabilidad del ambiente; una semana, y renunció al verde para vestirse de marrón tabaco. Solo reconfortaba el calor de una manzanilla caliente, con un toque de suave anís, para recordar por qué estaba así y su hígado preparado para explotar.
Ante una charla, los labios se endurecían y no se abrían. Los oídos se hacían los sordos, y las uñas de sus pies eran más largas que sus intenciones de seguir respirando. La sorpresa del fin le acechaba, la ansiaba, como quien ansia que lo despierten de un mal sueño y lo levantaran de aquella cama a la que había sido arrojado por la indiferencia.
El televisor era el murmullo que necesitaba para trazar su plan, y los somníferos sus guías. Ellos le indicaban el camino; aprendía los túneles y laberintos por los que lo introducían, practicaba cómo eran, no para salir, sino para saber dónde quedarse y que no lo encontraran.
Como una bestia desprovista de humanidad, se abismaba a la nada, y allí todos desaparecían. Eso era lo que quería. Eso era lo que la enfermedad había hecho de él. Las voces más familiares eran incómodas y las ajenas no le decían nada que no supiera ya.
Aun así, se disculpó por no levantarse. Por no ser quien los demás esperaban que fuese, por no hablar de la manera correcta, por no aceptar consejos. Y esperó a que sus días acontecieran como quería. Total, era un desahuciado. Al menos, moriría a su modo.