Elogio del fracaso: Costica Bradatan
«Una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas», escribió Vladímir Nabókov. Una imagen devastadora y exacta de la vida humana: un instante de conciencia rodeado por la nada. A su lado resuena otra afirmación, de raíz profundamente beckettiana: «El fracaso no tiene fronteras y sus manifestaciones son legión». Ambas frases parecen hablar desde el mismo abismo.
Elogio del fracaso, de Costica Bradatan, es en muchos sentidos un libro beckettiano: un espacio donde uno aprende a habitar la vecindad con la nada sin evasiones ni consuelos. Beckett, amigo intelectual de Cioran, entendía el drama existencial no como un accidente de la vida, sino como su materia misma. Decía que el fracaso es lo que mejor representa al ser humano. Y empiezo a pensar que eso es, precisamente, lo que significa ser humano.
Quizá el Renacimiento, en su purga ontológica y en su exaltación del genio, expulsó el fracaso del centro de la experiencia humana, relegándolo a un error corregible, a una anomalía vergonzante. Tal vez por eso hoy lo desechamos con tanta facilidad. Esa exclusión me ha llevado, en más de una ocasión, a usar el término equilibrista en mis poemas y escritos: personajes —como yo— que avanzan sosteniéndose sobre el vacío, marcados por el error. Bradatan propone, sin embargo, una imagen distinta pero igualmente cercana: el contorsionista. No quien evita el fracaso, sino quien sobrevive a la mirada del fallo o del defecto; quien es capaz de atravesarlo con dignidad, aceptando su condición falible e imperfecta.
El autor insiste en que este fenómeno no es accidental, sino inherente al ser humano, hasta el punto de señalar la mortalidad misma como un fallo biológico inscrito en el ADN. Un fallo que nos negamos a aceptar y que, paradójicamente, no nos conduce al progreso, sino a una forma más profunda de desorientación colectiva. Rechazar la finitud es, en sí mismo, una forma de fracaso.
Sostenido por un riguroso aparato crítico y un abundante uso de notas a pie de página, Bradatan define el fracaso como «una desconexión, interrupción o desarreglo en el curso de nuestra interacción organizada con el mundo». No se trata de un episodio aislado, sino de una experiencia necesaria. Necesitamos —afirma— la acumulación de desconexiones si queremos aceptar nuestra vecindad con la nada. Por eso es un libro lleno de frases que exigen ser releídas, detenidas, puestas en cuarentena; pero también una invitación a emprender un viaje interior hacia la humildad más radical.
En ese recorrido aparece la figura del demiurgo, ese dios creador torpe, responsable de todo lo imperfecto: la corrupción, la decadencia y la oscuridad. Me recuerda al Dyonisos de María Zambrano, aunque aquí la flecha apunta con una precisión mucho más cruel. Dentro de la tradición gnóstica —explica Bradatan— la creación misma sería un acto fallido. La existencia es desdichada porque el demiurgo «debía haber tenido las manos quietas porque un proyecto así estaba fuera de su capacidad». La pasión, la ignorancia y la temeridad lo animaron a crearnos. Kurt Rudolph habla de la «presunción del Demiurgo»; Hans Jonas lo define como «un Creador ciego y arrogante». Para los gnósticos, el fracaso no es un error del mundo: es su explicación. Un elogio de la torpeza.
El libro se detiene con especial hondura en la figura de Simone Weil, pero se abre también a otros personajes que sorprenden e inquietan a partes iguales. Alternados con figuras secundarias igualmente reveladoras, aparecen Mahatma Gandhi, E. M. Cioran o Yukio Mishima. Bradatan habla de cuatro lecciones de humildad, o de historias de algunos de los mayores fracasados de la historia, mostrando hasta qué punto decisiones admiradas durante décadas tuvieron consecuencias profundamente destructivas.
«El fracaso desestabiliza: —escribe— desempolva las cosas y las deja al descubierto en lo que son». Incluso sugiere que prestaríamos menos atención a la vida si viviéramos en un mundo donde todo funcionara perfectamente. Esa perfección sobrevalorada es la que impulsa al filósofo rumano a escribir este ensayo de 333 páginas.
Chaplin, uno de esos secundarios decisivos, ocupa también un lugar central. A través de Charlot, expuso con una lucidez brillante el fracaso social del trabajador moderno, reducido a cuidador de máquinas. La risa funciona aquí como bálsamo en una época convulsa, marcada por la inseguridad laboral y la fragilidad económica.
En el apartado dedicado a la humildad, Bradatan introduce el concepto de «umbilicus mundi: una inclinación patológica a creernos el centro de todo». De ahí nacen nuestra tendencia depredadora, la indiferencia ante el dolor ajeno y la explotación del prójimo. Pero el autor no se instala en el pesimismo. Cree conocer la salida: el fracaso. Esa necesaria bajada de humos que regula nuestra deriva hacia lo absoluto. Iris Murdoch lo llamaría la soberanía del bien: una corrección moral imprescindible.
Bradatan habla entonces de una cura de barro —humus, polvo—, un proceso dialéctico que nos obliga a aceptar ciertas verdades: nuestra insignificancia cósmica, la necesidad de pisar suelo firme y de hacer expansiva esa conciencia. Nuestros sueños quedan anclados a la realidad, porque la humildad no es humillación: es fuerza interior.
Simone Weil lo expresó con una paradoja luminosa: «solo nos conocemos a nosotros mismos, paradójicamente, cuando conseguimos retirarnos del ser y nos convertimos en recipientes transparentes de Dios». Cuanto menos somos, más valiosos nos volvemos.
A lo largo del libro, Bradatan recorre el fracaso y sus bondades a través de figuras de la política, la filosofía, el arte y la literatura. Habla del vacío, de la nada, y nos recuerda la importancia de sostener con dignidad nuestra finitud. Y el libro concluye —o quizá comienza de verdad— con un inicio de epílogo que, en su momento, entrecortó el aire que aún quedaba en mí:
«Todas las mañanas, cuando despertamos, hay un momento —el más breve de todos— en el que no tenemos memoria. Aún no somos nosotros porque no tenemos ninguna historia que contar. Podemos ser cualquiera en esa fase, pero en ese instante no somos nadie. Somos una página en blanco que espera ser escrita. Conforme recuperamos la memoria empezamos a recordar cosas: dónde estamos, qué ocurrió antes de dormirnos, lo que tenemos que hacer a continuación, las tareas del día que tenemos por delante. Volvemos a ser nosotros mismos mientras recuperamos el recuerdo de estas cosas y poco a poco forman una historia. Cuando todo está en su lugar y se ha completado la historia, puede decirse que hemos vuelto a la vida. Ya tenemos un yo. La página se ha llenado con nuestra historia: somos nuestra historia».
Este libro me hizo mirar con humildad mi propia historia de fracaso. Porque, como sugiere Bradatan, el fracaso no solo desordena: también ordena. Nos obliga a narrarnos de nuevo. Y quizá sea necesario fracasar para poder, al fin, volver a ser verdaderamente humanos.