El 'lo dice la ciencia'

"Según la ciencia, la especulación ha tomado las riendas de la nueva filosofía de masas que lidera internet". Y sí, la frase es mía y en sí misma es una especulación, pero precisamente por eso funciona: porque evidencia lo fácil que resulta hoy lanzar ideas con apariencia de verdad académica sin que necesariamente lo sean.

Hay un meme pululando en el ciberespacio —un gato blanco, peludo, con gafas de pasta negra y una pizarra llena de ecuaciones detrás-, que lo resume mejor que muchos artículos. "No lo digo yo, lo dice la ciencia". Y ya está. Ahí tienes el blindaje perfecto. Humor gráfico, sí, pero también radiografía bastante precisa de una forma de pensar que se ha colado no solo en redes sociales, sino también en columnas de opinión e incluso en libros firmados por autores cuya especialidad podríamos llamar el cuñadismo ilustrado.

Porque el problema no es opinar, el problema es disfrazar la opinión de conocimiento verificado. Estamos ensamblando discursos donde el parecer personal se presenta como si fuera ciencia, como si hubiera pasado algún tipo de filtro riguroso. Y no. Muchas veces no lo ha hecho. Uno lee ciertos textos que prometen profundidad y se encuentra con inconsistencias, con lagunas, con esa sensación de que algo no encaja. La lectura se vuelve errática, la razón se pierde en un terreno pantanoso, hasta que aparece, metafóricamente, el gato. Y lo ilumina todo: claro, es que lo dice la ciencia.

¿Cuál ciencia? ¿La de quién? Da igual. Lo importante es que suena incontestable.

Ese es el truco. Convertir la ciencia en un ente abstracto, omnisciente, casi místico, que lo abarca todo y al que se puede invocar como quien enseña un salvoconducto con toda la autoridad. Un multipase sostenido por una Milla Jovovich al más puro estilo de los noventas en el El quinto elemento de Luc Besson. Y con eso basta para cerrar cualquier discusión.

En ese contexto, internet se convierte en una especie de diario de a bordo colectivo: un lugar donde volcar pensamientos, intuiciones, ocurrencias y elevarlas a categoría de conocimiento. Como si entre el agotamiento y la inspiración -esa mezcla que bien podría firmar Byung-Chul Han en su La sociedad del cansancio-, hubiéramos decidido que todo merece ser dicho, y además, con autoridad.

Pero no todo vale. Y aquí conviene recordar a José Antonio Marina, que lleva tiempo advirtiendo precisamente de esto en sus libros, como en La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez (2006): que la libertad de opinar no equivale a tener razón. Ya señalaba cómo construimos creencias defectuosas y las sostenemos como si fueran sólidas. No todo vale en nombre de la opinión, aunque a veces lo parezca.

Hay una falta de responsabilidad detrás de ese «lo dice la ciencia» usado como parapeto. Porque funciona como un limpiagrasas perfecto: elimina cualquier rastro de duda, de desconocimiento y de inseguridad. Y deja un discurso aparentemente limpio, pero hueco.

El riesgo es que eso se nos cuele dentro. Que acabe formando parte de nuestra manera de pensar, de nuestra metacognición, y nos encierre en bucles de complejidad aparente, como el del propio gato científico. No quiero pensar que esta será la forma definitiva de comunicarnos, de transmitir ideas, de contarnos a nosotros mismos. Prefiero creer que, como otras tantas modas virales, esto también acabará cayendo por su propio peso, y que ese suelo de azulejos huecos terminará resquebrajándose.

De todos modos, conviene no perder de vista lo evidente: no todo lo que "dice la ciencia" es ciencia, y es solo alguien hablando con mucha seguridad y un gato muy convincente de fondo.