Adagio para dos jazmines

Margarita García-Galán traza un bellísimo rertrato en el que aparecen Mahler, Venecia, jazmines...

Florecieron cuando acababa diciembre, en la rama de un árbol a merced del viento, entre hojas muertas que amarillean el tímido verde de su alrededor. En la esquina de mi balcón se cimbrean orgullosas, desafiando a las ráfagas frías de ese viento molesto que quiere abatirlas. Las veo bailar al son melancólico de una música de invierno, bajo un cielo de nubes grises que oscurece el horizonte. Son dos flores blancas, dos hermosos jazmines abiertos al azar, que alegran y perfuman la vista que acompaña mi café en esta mañana de sábado, donde el tiempo transcurre entre el sosiego de una pequeña habitación y una música que me recuerda Venecia. Inmersa en el adagietto de la sinfonía número 5 de Mahler, la música va transformando, nota a nota, el perfil de la mañana que acaba de despertar. Venecia se me aparece emergiendo, de nuevo, en un anaranjado amanecer que nunca he olvidado, cuando un enorme barco me acercaba despacio a la belleza de una ciudad, distinta a todas, que se despertaba entre asombrosos palacios, entre canales y góndolas, y una plaza con palomas revoloteando alrededor de un bellísimo Duomo. Recuerdo aquella mañana, que vuelvo a vivir ahora con una música llena de nostalgia y las escenas de una película mítica que se suceden desordenadas en mi memoria, mezclando la Venecia real con la imaginada.

Veo un amanecer de cine entre nebulosas de un cielo anaranjado que da color al mar donde navega un vaporetto que se acerca al embarcadero dejando en el aire una estela de vapor gris. El barco trae al verano de Venecia el declive de un músico depresivo que quiere olvidar sus problemas. Una película bellísima llena de intensos y elocuentes silencios, donde la música de Mahler, que oigo ahora, acompaña espléndidamente un amor intenso, callado, imposible. La recuerdo mientras en mi balcón dos jazmines siguen su danza, imposible también, peleando contra el viento, aferrándose con fuerza a su rama; luchando por su amor a la vida. Por sobrevivir.

Perfecta la música de Mahler para su blanca agonía, para una muerte anunciada que ya se presiente. El adagio acompaña su trágica despedida, como acompañaba la mirada de amor de aquel músico decadente prendado de la belleza de un adolescente con el que nunca cruzó una palabra. Sus ojos cansados seguían ansiosos el hermoso perfil que le hacía morir de amor mientras se moría realmente en silencio. Obsesionado por la silueta adorada lo miraba todo con infinita tristeza sabiendo lo imposible de su amor. Tadzio, lleno de vida, inalcanzable, se le escapaba como su propia vida, en este canto a la belleza que el genio de Visconti nos dejó para siempre. Inolvidable el primer plano del músico mirando a Tadzio perderse en la playa con los brazos abiertos, mientras él, agónico, sudando un sudor tintado, extiende los suyos en un último intento de aferrarse a  lo bello, a la juventud, a esa vida que se le escapa. Nunca una música acompañó tan magistralmente el silencio de una escena bellísima, triste, dramática. Sublime. Podría decirse que Mahler ideó esta sinfonía para embellecer una muerte irreal en una ciudad real que parece irreal.

Se acaba la sinfonía y vuelve el rumor del viento a ser la única música de mi habitación. En el balcón, los jazmines caen vencidos por el viento, por la fuerza de esa otra sinfonía natural de amor y muerte que esparce por el suelo unos pétalos blancos que ya no perfumarán jamás. Los jazmines dijeron adiós a la vida. Se rindieron, al fin, al adagio inacabado del viento.