A campo abierto

Extracto del pregón de Margarita García-Galán en Los Pepones en 2010

Nunca he escrito un pregón. Confieso que he escrito cartas, artículos, pequeños relatos y hasta algunos versos torpes que me inspiraba un sueño adolescente que se desvaneció. Confieso que he llenado cuartillas y más cuartillas, que he contado a mi manera las cosas que me rodean, las percepciones de una vida que me apasiona. Confieso, como Neruda, que he vivido, pero nunca he escrito un pregón.

Hace unos meses, Francisco Gálvez me sorprendía con la noticia de que me había propuesto como pregonera del Certamen de Pintura y Poesía 'A campo abierto'. "No sé si sabré hacerlo", le dije, pero él confiaba en mí. Él, que dejó tan alto el listón con su pregón del año pasado con un canto a la belleza difícilmente superable.

Había oído hablar de Los Pepones alguna vez; me dijeron que era una pequeña aldea veleña en un entorno privilegiado, que tenía pocos vecinos y una asociación que mantenía viva una inquietud cultural. Tan pequeña la aldea, tan grande su afán por cuidar las tradiciones. Me interesó su historia, y me entraron unas enormes ganas de conocer aquel sitio tan especial que reunía cada año a gente sensible, interesante, amante de la pintura y de la poesía, en un insólito certamen de arte a campo abierto. Precioso el nombre, preciosa la idea. Hablar en un certamen de pintura y poesía, yo, que no pinto nada, que no escribo versos, que nunca hice un pregón.

Pregonar es alabar en público los hechos y cualidades de algo o de alguien, y para escribir sobre algo a campo abierto, con el corazón abierto me fui una tarde a conocer Los Pepones. El coche me lleva despacio por un camino estrecho. A lado y lado, los frondosos aguacates pintan de verde el paisaje. Subo hasta lo alto, donde está la ermita, una ermita que no parece una ermita, si no fuera porque lo anuncia un pequeño campanil. Dos centinelas verdes, un naranjo y un limonero, vigilan y adornan la entrada, y un pequeño muro de piedra que limita la carretera, me sirve de atalaya para mirar el paisaje. Casitas diseminadas entre los montes, la majestad de Sierra Tejeda dibujando en gris el perfil del horizonte y, entre el tapiz de aguacates, unos espigados cipreses crecen alineados buscando el cielo, quizás porque sea verdad que los cipreses creen en Dios. Me siento en el muro de la carretera y me abandono a la quietud del entorno. Se oye el silencio, un silencio espeso que sólo rompen los trinos de los pájaros y el ladrido lejano de un perro. Se respira un aire de campo cargado de aromas limpios. Se respira paz, mucha paz. Me gusta el campo, sentir de cerca la naturaleza viva, sentir la tierra bajo mis pies, como en la preciosa escena de la película en la que una mujer, que echaba de menos su pueblo, volvía a él para verlo por última vez; sentada en medio del campo se quitaba los zapatos y, cerrando sus ojos cansados, hundía sus pies entre la hierba para sentir en su piel el calor de sus raíces, de la tierra de siempre, esa nostalgia dormida en el tiempo, esa querencia que canta el poema de Miguel Hernández:

Una querencia tengo por tu acento

una apetencia por tu compañía

y una dolencia de melancolía

por la ausencia del aire de tu viento.

También yo tenía esa querencia cuando tuve que dejar mi pueblo de Castilla, esa Castilla ancha y vieja, de ciudades amuralladas, de románticos castillos, esa Castilla que pintara tan magistralmente Sorolla.

Nos vamos a vivir al Sur, me dijeron un día de abril tan lejano ya en el tiempo. La querencia se quedaba atrás, se alejaban los paisajes de siempre, desaparecían de mis ojos y empezaban a vivir en mi memoria. Un puente romano, un río de juncos y ranas, una calle, una charca transparente que era mi mar de entonces, donde las truchas eran los delfines y las olas las dibujaban a capricho las libélulas y el viento. Atrás quedaba la fantasía hermosa de un castillo medieval donde yo creía ver cada noche la silueta blanca de una condesa triste; ella paseaba una eterna pena de amor, mientras yo soñaba jugando a ser como ella, tan querida, tan recordada en el tiempo. Pero no sería aquel viejo castillo testigo de mis emociones futuras: me esperaba otro mundo, un mar de verdad, otra gente, otra luz, otro sol, otro sentir. Me esperaba el Sur, la magia del Sur.

El mar de verdad me recibió en aquel pueblo blanco que estaba tan lejos. Apareció ante mis ojos rompiendo sus olas blancas el brillo de su azul intenso. Su olor a brea, su sabor salado y sus cantos de sirena llenaron de magia nueva mis sorprendidos ojos. Me llené de sol, me llené de sal, me impregné de aromas…El Mediterráneo empezaba a pintar de azul cada día de mi vida. Me dejé llevar por el sentir diferente de la gente que me rodeaba, gente abierta, cercana, que me hacía olvidar, de alguna manera, los recuerdos que dejaba atrás. Mis ojos se fueron llenando de paisajes bellos y mi corazón empezaba a latir a ritmo del sur.

Y con los ojos bien abiertos y el corazón expectante llegué un día de junio al que sería, por fin, el remanso de paz que albergaría mis sueños. La dolencia de melancolía se suavizaba y una brisa cálida empezaba a acariciar mi tiempo. El pueblo que me encontré dormía la siesta en el calor del verano que acababa de empezar. No podía imaginar entonces que escribiría sobre ello mucho tiempo después, en un relato que duerme ya en las páginas de un libro junto al recuerdo entrañable de Joaquín Lobato: “Llegué a una placita pequeña que tenía un árbol grande que le daba sombra, había una iglesia, un kiosco de caramelos y una nube de pájaros negros revoloteando sin cesar que ensordecían el ambiente con su piar y le daban vida a la plaza. Olía intensamente a jazmín. Mirando aquella plaza suspiré con alivio y pensé: me gustará pasear por aquí”. Y paseando sus calles blancas empezó mi empatía por el sentir de este rincón de la Axarquía. Vélez me sorprendía día a día, y casi sin querer me fui llenando de su esencia: quejíos flamencos que bullían en el aire, tardes de verano y ajoblanco, noches de luna y damas de noche, charlas interminables con amigos nuevos, pintores, escritores, poetas de alma bohemia que cantarían después, con pinceles, con palabras y con versos, la belleza de su tierra veleña. Un pueblo de verbenas alegres, de semanas santas que no eran tristes, un pueblo donde una carretera era el mundo, el ir y venir de las emociones primeras. Tardes con sabor a jazmines y a latidos de amores trémulos, tardes de helados de vainilla y de biznagas en el pelo, tardes de miradas cómplices en los bancos de un jardín. Vélez fue para mí, como para María Zambrano, “una claridad deseada, un símbolo que viene y se va, y vuelve”; me fui acostumbrando a soñar al aire libre en sus calles encaladas, a lucir en el pelo esas biznagas blancas que aprendí a hacer bajo la romántica pérgola de flores que impregnaba de aromas de verano la quietud de una plaza. Aires flamencos, uvas moscateles, boquerones de plata, almendros en flor, y esa música antigua tan original, tan única, que me cautivó una tarde en una esquina cualquiera cuando me vi entre vistosos sombreros de espejos, flores y cintas de colores, hombres y mujeres cantaban y bailaban al son violines, guitarras, palillos, y una gran pandereta que vibraba con la fuerza y el empuje de unos dedos mágicos que se movían como locos recorriendo “su luna de pergamino”. Aquella música tan especial, tan nueva para mí, tan ancestralmente hermosa, me caló hondo y me ató un poco más a esta tierra de cantaores, pintores, escritores, poetas…, almas de artistas al son de verdiales, creciendo conmigo al sol andaluz.

Pienso en ello ahora, mientras lleno mis ojos con la belleza serena de un atardecer en esta ermita de Los Pepones. Pienso en las calles que he recorrido hasta llegar hasta aquí, pienso en los versos del poeta de Orihuela:

En las calles voy dejando

algo que voy recogiendo:

pedazos de vida mía

perdidos desde muy lejos.

Pensando en ello voy imaginando un pregón. Hoy estoy aquí mirando un paisaje que quiero, sintiendo el calor de una gente amiga que me abrió los brazos un día de junio de hace ya mucho tiempo. Llenaré cuartillas de sentimientos, cantaré a esta tierra con recuerdos míos, pintaré con palabras la luz violeta de la tierra que cambió los colores de mi memoria, que me regaló la belleza rosada de los almendros, la serenidad del mar, la cercanía de su gente, las más bellas noches de verano, una vida intensa, unas raíces a las que volver y un amor para siempre. La magia del sur, la magia de un rincón veleño, me envolvió con sus brazos fuertes, desde aquel día que llegué a una casa, a un patio sin limonero en la misma calle donde vivió la pensadora veleña. Ella decía que la poesía era su amor imposible. También lo es para mí, por eso utilizo un precioso verso de Francisco Gálvez para terminar esta reflexión a campo abierto, que quiere ser un pregón.

Me quedé aquí, inundada de sol

en un agosto también mediterráneo

a cuyo cielo copian mis ojos

el azul cansado.

Espero seguir mirándome mucho tiempo en este azul en el que vivo tan serenamente.

Gracias a Francisco Gálvez por acercarme a estos paisajes tan suyos que ahora son también los míos.

Gracias a ustedes, poetas, pintores, escritores, vecinos amables de Los Pepones, por hacerme vivir a campo abierto uno de los momentos más hermosos de mi vida.

Muchas gracias a todos y felices fiestas.