19:57h. Miércoles, 12 de Diciembre de 2018

Tribuna libre de Mariana Matás, portavoz de Podemos Vélez-Málaga

Llevamos demasiado tiempo hablando sobre violencia machista, salen en prensa cada una de esas muertes de mujeres a manos de sus parejas o exparejas, violaciones o agresiones sexuales a mujeres se cubren por los medios informativos no siempre de la manera más adecuada, se dan datos sobre estos hechos que nos horrorizan que nos hacen plantearnos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Se realizan manifestaciones contra esas muertes, corren por las redes sociales muestras de dolor ante cada agresión, se hacen campañas para que se denuncien situaciones de maltrato a mujeres, para que todos nos sintamos implicados en el problema, incluso se aprueban leyes específicas contra la llamada “violencia de género”, aunque sus dotaciones económicas están lejos de las que se necesitan. Pero la realidad es tozuda, y cada año seguimos teniendo cifras del todo inasumibles de mujeres muertas a manos de hombres que habían entendido que la mujer es una más de sus propiedades. 

Las mujeres somos seres humanos con los mismos derechos y obligaciones que los hombres. Legalmente no ha sido fácil que se reconozca esa igualdad: hasta hace no mucho no era así, hay que recordar que hasta 1981 nuestro Código Civil reconocía la patria potestad sobre los hijos solo al padre. Este tipo de discriminaciones por razón de sexo han ido desapareciendo de nuestro ordenamiento jurídico, pero el problema es la discriminación social que subsiste de manera velada, esa que está envuelta en los mensajes publicitarios en el que ellas conquistan a ellos, o viceversa, con su belleza y sensualidad; en los libros de texto que desconocen los nombres de las mujeres que han contribuido de manera esencial a transformar la ciencia, la tecnología, la filosofía o la literatura universal; en los reconocimientos públicos, no solo en premios como los Nobel (donde las mujeres, 48 en total, representan poco más del 5% de los 896 premiados de ambos sexos), sino en distinciones de ámbito local, como los Escudos de Oro de Vélez-Málaga (donde la proporción es de 8 hombres por cada mujer: solo cuatro mujeres en casi 20 años); en los cuestionarios de selección de personal, donde siguen siendo típicas preguntas como cuántos hijos piensa tener o si su marido trabaja, etc.; en los uniformes de las empresas; en los centímetros que debe tener el largo de la falda o el tacón del zapato femenino; en los programas de televisión entre transparencias y campanadas; en la promoción interna de las empresas privadas (las empresas del IBEX 35 cuentan con 453 puestos de consejeros de los que solo 92 son ocupados por mujeres), o de las instituciones públicas (de un total de 5.367 jueces y magistrados en activo, actualmente ninguna mujer forma parte de la Sala de Gobierno del Supremo y sólo dos han formado parte de este órgano judicial a lo largo de la historia). 

La falta de representación de la mujer se sigue extendiendo a todos los ámbitos imaginables, lo que ayuda  a que sigamos viendo con normalidad que las mujeres somos seres frágiles necesitadas de protección y consejo, donde nuestro físico determina nuestro éxito laboral y profesional. Así, aunque actualmente más de la mitad de los españoles con estudios superiores son mujeres, inconscientemente, generación tras generación, asumimos desde niñas que nuestro ámbito natural es la seguridad del hogar, el cuidado de los hijos, de los mayores y en general de aquellos hombres que nos protegen y nos proporcional el sustento. 

Las mujeres, también los hombres, necesitamos referentes femeninos, modelos en los que mirarse y a los que admirar. Siempre ha habido mujeres excepcionales a lo largo de la historia y las sigue habiendo. Hay que empoderar a las niñas para que desarrollen su talento y no las encasillen en determinados comportamientos y profesiones o trabajos según su sexo. Sin esa visibilidad de la mujer, no podremos acabar ni con la discriminación, ni con la brecha salarial, ni con la violencia machista.