04:44h. Domingo, 18 de Noviembre de 2018

Evaristo Guerra y el Danubio azul

Columna de Margarita García-Galán

En uno de esos viajes soñados, entre turistas y amigos de siempre navegábamos en un barquito por el Danubio. El guía nos hablaba de Viena, de su historia, de sus músicos y de ese río que inmortalizara Johann Strauss en un vals precioso que lo pintó para siempre de azul. Alguien preguntó al guía por qué ‘Danubio azul’ si el río no era azul. Y entonces, él, acostumbrado a la pregunta, sonrió y nos dijo que solo lo ven azul los ojos de los enamorados. 

Recuerdo muchas veces aquel relajante paseo con la leve mecida del barco rompiendo el caudal sereno del famoso río, que mis ojos vieron azul. En aquel viaje a  la capital de Austria, visitamos también el Musikverein, des­de donde, cada año, la Orquesta Filarmónica de Viena ofrece su famoso Concierto de Año Nuevo.  Como tantos amantes de la música, suelo ver ese concierto por televisión, y pienso siempre, como cuando estuve visitando la Sala Dorada, que sería un sueño poder estar allí, en directo, oyendo a la Filarmónica interpretar la ma­ravillosa música de Strauss. Un sueño para mí; un sueño para tantos. También para el pintor veleño Evaristo Guerra, que ha visto cumplido este año ese sueño de música. Él, que sabe de colores, que domina los matices, que pinta paisajes soñados, que inmortalizó con sus pinceles la luz violeta de su tierra, el paisaje rosado de los almendros, el azul del mar amigo que lo vio crecer; que lo ve vivir... Él, que sabe de sueños, que convive a diario con el arcoíris de color de su paleta, quería contemplar el azul especial de un río hecho música. Y se fue a Viena, con su encantadora esposa María Adela, musa omnipresente, a llenarse los ojos de azul bellísimo oyendo música. 

Para tan especial ocasión, Evaristo Guerra se envolvió en su capa española, que guarda para los eventos importantes. Así, luciendo orgulloso tan españolísima prenda, del brazo de su entrañable musa, el pintor veleño llegó al Musikverein dispuesto a vivir el sueño. Entre melómanos y gente ‘guapa’ de todo el mundo, Evaristo no pasó inadvertido. Su capa española, elegante y bien llevada, llamaba la atención; conjugaba bien la elegancia con la emoción contenida, y con esa pincelada bohemia tan evidente que suelen tener los artistas. La capa arropaba y escondía apenas la emoción del momento, pero aquel sueño lejano, por fin cumplido, desbordó la sensibilidad del pintor que llenó de sueños las paredes de una ermita, y una furtiva lágrima se escapó de sus ojos acostumbrados a mirar e interpretar bellezas. El esplendor de la Sala Dorada le esperaba con más de 30.000 flores de los jardines vieneses abiertas a los ojos del mundo, sumando color al calor de la música.

Riccardo Muti, director napolitano, sería el encargado de hacer bailar su genial batuta al son de la música eterna de Strauss. Valses, polkas, marchas..., y por fin, el ‘Danubio azul’. Sonaba el bellísimo vals mientras la cámara de televisión nos paseaba en la distancia por el sereno discurrir del caudaloso río, entre señoriales castillos, paisajes alfombrados de verdes, hermosos pueblos y montañas nevadas. Los violines, las flautas, los violonchelos..., el vals navegaba por su azul entre el color de las rosas y el entusiasmo de los amantes de ese bálsamo para el alma que es la música, y que llenaban, como cada año, la sala de conciertos. En su palco, atento y emocionado, el pintor veleño no pestañeaba. Estaba allí, inmerso en música, imaginando quizá futuros paisajes, posibles notas para las sinfonías de colores que escribe con sus pinceles. Su cálida capa envolvía emociones nuevas, tonalidades diversas de una ciudad que huele a música. Que sabe a música. Que es música.

Evaristo Guerra ha cumplido un sueño. Otro sueño. Quizá, a partir de ahora, cuando su capa lo envuelva de nuevo, recordará la música excelsa que sintió tan cerca. Que le hizo emocionarse y vibrar. El pintor y su musa estuvieron allí, en Viena, la ciudad del río que un compositor genial llenó de música y vistió de azul para hacerlo inmortal. 
Sé que ellos vivieron el sueño. Y sé que vieron, como yo, el Danubio azul.