05:49h. Sábado, 20 de julio de 2019

Hablar claro

Columna de José Marcelo

“Por las palabras nos hacemos libres, libres del momento, de la circunstancia que nos asedia, y es instantánea. Pero la palabra no nos recoge, ni por lo tanto, nos crea y, por el contrario, el mucho uso de ella produce una disgregación, vencemos a la palabra al momento y luego somos vencidos por ella”.

Estas frases son de María Zambrano y pertenecen a su artículo ¿Por qué se escribe?, que está publicado en su libro Hacía un saber sobre el alma. En el artículo, la autora reflexiona sobre el oficio de escribir, sobre lo importante que es el buen uso de la palabra para desvelar los secretos de la vida. 

Pero cuando al ‘sentido de la palabra’ se le da un mal uso, se produce un efecto devastador y destructivo, porque se le niega su verdadero significado. Ello ocurre cuando hay una clara intención de manipulación del lenguaje. Porque la palabra es palabra en la medida que creemos en lo que contiene; es decir, su sentido. Cada palabra tiene una base de valores sobre los que se ha construido, y pervertir el lenguaje usando las palabras para lo que no significan, es un acto de violencia.

Es evidente que para hablar y expresarse con claridad y precisión sea necesario pensar lo que se va a decir y cómo expresarlo; buscando el verdadero significado de la palabra. Escuchar y observar primero, antes de hablar.

Actualmente, vivimos un acoso de desinformación por las redes sociales, que envían mensajes sin constatar su procedencia, con la única pretensión de influir en nuestro pensamiento y creencias, cuyos mensajes siembran miedo, inseguridad, enfrentamientos ideológicos y culturales, homofobia, xenofobia, misoginia…, los cuales conducen a violentar la convivencia. Es necesario reflexionar primero, para discernir en ese caos de información, lo verdadero de lo falso, así como las malas intensiones y la manipulación del lenguaje.

Hay que tener presente lo ya conquistado, como son los valores democráticos y los derechos humanos, los cuales hay que preservarlos. Entender que la educación no debe de ser ninguna moneda de cambio para el adoctrinamiento, como fue en época pasada de la dictadura. Que la única doctrina verdadera es educar en la justicia social, que es tan fácil como enseñarle a valorar la desgracia ajena como la propia. Que hay que aceptar las diferencias individuales, para hacer desaparecer la desigualdad y la exclusión social. Que las barreras y las fronteras hay que derribarlas para tener una mente constructiva, ser consciente que vivimos en un planeta. Que la ‘patria’ es lo entrañable, las raíces…, pero aceptando la interculturalidad de los pueblos. Evitar que el exilio sea la patria de los disidentes. Porque, ante todo, somos ciudadanos del mundo. Que la diferencia que hay entre el hombre y la mujer es el sexo, pero por encima de todo, somos personas y, como tales, iguales en derechos y deberes. Que la palabra ‘político’ recupere su verdadero significado: ser ciudadano comprometido con la comunidad y la sociedad. Seamos libres para elegir a nuestros gobernantes, teniendo una formación ciudadana para saber elegir con criterio.

Que hablar claro sea una exigencia que nos impongamos y exijamos a los demás, para distinguir a las personas honradas de las deshonestas y malintencionadas.