07:23h. Domingo, 16 de Diciembre de 2018

Columna de Antonio Jiménez

¿Quién, en este arranque del siglo XXI, que no sea un necio sin remedio, puede negar el formidable progreso que con la globalización tecnológica está viviendo la entera población mundial a escala planetaria y en todos los órdenes del vivir?

Pero no sería sensato obviar que el paso de las unidades nacionales (cada una con sus diversas costumbres centenarias) al abierto trasiego universal de la economía, las personas y los saberes, nos lanza a los humanos a una repentina traumatización y desconcierto. Donde aquellas certezas de la cotidianidad ambiente se diluyen y dislocan, y las futuras armonizaciones tardarán siglos. 

Sí, tendremos que hacernos a la idea, he­mos entrado en la era de la incertidumbre, para quedarnos. Era de esperar. La larga marcha de la humanidad no puede estancarse en el perímetro de los Estado nación, su fin no puede ser otro que proseguir paso a paso hacia ‘la tie­rra prometida’ por la razón: la convivencia abierta y armónica, interrelacionada al instante y universalmente. Don­de no habrá practicamente distancias, ni lenguas (o todas en traducción instantánea). Aquí preveo una feliz pa­radoja: florecerán las lenguas vernáculas, pero salidos del terruño dispondremos de un solo código para comunicarnos. ¿El inglés?, ¿un nuevo esperanto? 

¿Y qué será de los valores? Entiendo que, alcanzado el paradigma, todo individuo que digno, moral y sabio se considere, como en un espejo, no podrá engañarse, ni engañar en la plaza pública, so pena que se acepte como amoral. Todos a la vista de todos, no habrá escondrijos para la desverguenza. 

El quid está en la despiadada larga transición, por la que ya paseamos...