02:54h. Martes, 23 de Octubre de 2018

Desahogo con mi alcalde

Tribuna libre de Antonio Jiménez a Antonio Moreno Ferrer, alcalde de Vélez-Málaga

Tal vez por haber tomado distancia con las dos recientes conferencias del Ateneo de la capital (sin asistencia institucional veleña), haya visto las cosas de mi pueblo más claras… 
Sobre Juan Breva: Desde los 90, soy el único veleño que ha conferenciado y publicado artículos de prensa sobre nuestro artista, en tanto que legendario cantaor de ‘malagueñas’, que no de la fantasmal ‘bandolá’ como los flamencólogos capitalinos han venido imponiendo desde 1965. A pesar de lo cual nadie del Ayuntamiento que presides se ha dirigido a mi persona para tratar el tema del Centenario. 

Sobre Cervantes: La importancia de mi obra cervantista y quijotesca es tal objetivamente, que, como ciudadano veleño me veo en la tesitura de rogarte —con sumo respeto y en tanto máximo responsable político de la ciudad-, el esfuerzo intelectual de entender su valor y trascendencia. Para lo que, bien sabes, me ofrezco. En este capítulo, cervantinamente hablando, 2 años llevamos en blanco; cuando lo sensato sería que las instituciones apostaran de veras por este tesoro cultural levantado en Vélez-Málaga. Una apuesta que se podría extender, para hacer de la Biblioteca Cervantina veleña un especializado archivo referente en Andalucía.

Querido Antonio, ¿qué culpa tengo de que mi azarosa vida y milagros no quepan en las estrechas miras de alguna gente. Na­t­u­ralmente, me refiero a los que, por ‘h’ o por ‘b’ (caprichosamente o elegidos públicamente), se sienten y piensan pertenecientes a la primera fila de los sabios o poderosos, siempre con la provinciana escopeta cargá detrás de la mata, cual zamacucos. Naturalmente los tiempos han cambiado, pero aún quedan restos. 

Por el contrario, el pueblo llano y abierto, el de la plaza pública, con el que gratamente he convivido durante la friolera de más setenta años, es soberano para opinar como le venga en gana. Es el dueño de su devenir para poder repartir sus sentimientos y emociones como mejor le apetezca o convenga. Rotundamente: tiene todo su derecho, y mi licencia, para administrar en libertad, y al gusto, sus afectos, o desafectos, para con mi persona. De él, de su inmensa mayoría, solo he esperado cariño; el mismo que creo que he conseguido acumular al final de tantos años, con mi demostrado desinterés, heredada educación, mi natural nobleza y espontánea cordialidad; a pesar de la singularidad de mi persona en este complejo transitar por una vida que, en el recuento, hasta hoy, me ha resultado digna y placentera.

‘Singulares’ veleños los ha habido, pero la mayoría se ha tenido que largar o refugiarse entre sus cuatro paredes. Tampoco creo tener culpa de que para vivir en Vélez no haya necesitado despojarme de mis innatos valores positivos. Y no me ha ido tal mal, sin la necesidad de recurrir a la mentira, la envidia o el capillismo ideológico o religioso, siempre exento de rencores y resentimientos. Sin aspirar a ser ejemplo de nada ni de nadie, me basta con saber que soy una buena persona.

Mi innata curiosidad por todo ha sido mi timón. Sin prejuicios ni exclusiones, todo bicho viviente y el universo entero, a priori, han sido mis referentes para orientarme en la vida. Aunque en tal ‘totum revolutum’, los valores positivos, la excelencia humanista, se llevaban la palma de mis propósitos. El pensamiento y la vida ejemplar de los mejores, desde mis padres a Cervantes o María Zambrano, han sido el norte de mis pasos por la vida, pero el cocido me lo cocinaba yo con mi rebelde carácter, mi amor por la aventura y el combate, mi insobornable individualidad; también con mi cierta inocencia y tolerancia, o mis caprichos y veleidades. Todo filtrado selectivamente, para bien o para mal, al bulto (sin especiales miramientos), en mi singular alambique existencial e intelectual. Sin más circunloquios: ser una persona abierta a todo, noble e ilustrada, ha sido, y seguirá siendo (a estas alturas ya puedo afirmarlo), el núcleo duro de mis ambiciones. Sin nunca olvidar que la machadiana ligereza del equipaje es la condición primera para no perder la bendita libertad... 

Así, mi incorregible niñez, mis saltos a lo Tarzán en los olivos del huerto Quilino (con muñeca partida), el tránsito de un mal alumno por todos los colegios y academias, todos, de aquel Vélez sin Instituto, los viajes europeos con el pan debajo del brazo, pero también currándomelos como ayudante de camarero en el mítico Connaught de Londres, de chofer con el embajador español en Copenhague, limando aluminios en Suiza… o de escribiente en Barcelona. Entremedias: mi visita a Salvador de Madariaga en Oxford, los dominicales saludos londinenses con Charlot, la charla con Balbontín (primer diputado comunista español) en su piso de Londres, mi entrevista con el recién liberado monseñor Marcos Ussía en la Embajada de España en Roma (eterna ciudad, en la que trabé amistad con el corresponsal de ABC, Salas y Guirior, paisano, poeta y marqués), o mi lisboeta (y revolucionario) encuentro con García Márquez entre Chivas y humos… En fin, vivencias, que para el respetable veleño y los amiguetes bien aplicados, una vez contadas se quedaban en “las batallitas de Antonio Jiménez”. Normal...

¿Qué culpa tengo yo, en suma, de que apostara divertida y peligrosamente por la vida. O de que la singularidad de mi persona se haya salido con la suya, entre mil incomprensiones y fatales augurios? Comprendo que en un pueblo como aquel Vélez, se digiriese mal el que un significado joven bachiller se empeñara, y consiguiera, cursar la Universidad por los caminos y las ciudades de la vieja Europa. Aunque reconozco que prestar mis bajos a un PC ilegal, era demasiado para aquella mentalidad. Todavía quedan rescoldos. Todo, salvo ‘la mili’ voluntaria, sin ausentarme más de 5 meses de la plaza de las Carmelitas.

Aún en el tardofranquismo, ya había avisado de que no se me había ido la olla: con mis críticos artículos de Sur y Sol de España; la publicación del artículo ‘…Y Pablo Neruda’ en Litoral (la revista de la Generación de Federico); el anuncio en la portada de O’Século (el diario de la Revolución de los Claveles) de mi primer artículo en Lisboa. Con la guinda del monográfico de Litoral (3 números dobles y bilingüe), sobre la revolución portuguesa, publicado con la fecha de la muerte del Dictador. O con mis veintitantos años dedicados a hacer del oriente malagueño una comarca moderna, La Axarquía. 

Aunque lo gordo llegó en 1998, con la edición de El Capitán Cautivo, que cogió desprevenidos a los sabiondos de Cervantes que tanto abundan en la Piel de Toro. Algo que tempranamente recibía el aval de eminentes cervantistas: Como Pedro Ruiz Pérez (catedrático de Córdoba y director del congreso internacional ‘Cervantes en Andalucía’): “La lectura de El Capitán Cautivo me ha descubierto una nueva perspectiva, una nueva mirada, sobre la obra de Cervantes…”. O de Cristóbal Cuevas, con el prólogo del libro, y sus palabras de presentación del Capitán en la Feria del Libro de Málaga, “Todo lo que es la maestría increíble de Cervantes en la técnica de hacer una novela, está perfectamente recogido en el Capitán…”. 

Después, detalles de agradecer, como la placa de Antonio Souviron, el soberbio regalo de María Victoria Naranjo, y lo que yo buenamente podía aportar con artículos y conferencias, especialmente en el V Centenario del Quijote, con la exposición de 17 paneles en la galería alta de la Casa Cervantes. 

Hasta que, ¡aleluya!, la Concejalía de Cultura del alcalde Delgado Bonilla abría un museo basado en mi obra, en 2014, por lo que en su inauguración me honraban públicamente con el Escudo de la ciudad. Los museos suelen ser considerados naturaleza muerta, memoria del pasado (por lo que, así entendida la Sala Cervantes, comprendo su desatención). Pero el museo dedicado a la histórica relación de Vélez con el cervantismo, es algo rabiosamente vivo y actual. Todo él encierra (si se explica bien), una apasionante empresa literaria y ensayística, de Vélez, Cervantes y el Quijote y el Capitán, merecedora de estudiar y difundir local y universalmente. De ahí que, para tales retos, mis humildades necesiten cooperación y ayuda. 

Con estas alforjas —como venía teniendo por costumbre con el electo concejal de Cultura de turno—, también a la concejala Cinthya la invité a departir con un cafelito por delante. Misión imposible. Negro me vi, a lo largo de este par de años, hasta poder sentarme con ella en una mesa para exponerle mis planes e inquietudes culturales y de la ciudad… bajo la burocrática mirada del comisario Quero. Les leí, y dejé, un folio con las prioridades que yo entendía para la ciudad. De ellos: ni una pregunta, ni un comentario, ni una palabra… ni el más mínimo atisbo de curiosidad por Cervantes, el Quijote, o el museo. Y menos, claro está, por la cervantina aventura veleña del Capitán, editado como nueva novela ejemplar, 400 años después, cumpliendo los deseos que don Miguel dejó expresados en el capítulo 44 del Quijote 2.

En fin, querido alcalde, la verdad es que me propuse escribirte una retahíla de quejas en modo de carta abierta. Al final compruebo que me ha salido un desahogo contigo. Pero no me disgusta, dejémoslo así.