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20:48h. Miércoles, 23 de Mayo de 2018

Columna de Antonio Jiménez

Madrid, aquel poblachón manchego, desde Felipe II siempre se ha sentido rompeolas de las Españas, tal vez por su centralidad peninsular: “Es Madrid patria de todos / pues en su mundo pequeño / son hijos de igual cariño / españoles y extranjeros”, que afirmaba el barroco Calderón y compartía mi recordado Luis Carandell, hijo de Cataluña y de la revista Triunfo. 

Será por eso que, en la geográficamente marginal Barcelona (allí gozosamente ejercí de militar 20 meses), por contra, de siglos se haya venido tramando cambiar el complejo de ‘cola de león’ por el de ‘cabeza de ratón’. “Mejor todos juntitos, como Mónaco, aunque nos echen de la UE y las empresas se vayan a miles”. “Así [deliran los acomplejados supremacistas], se largará también esa mitad españolista que contamina el glorioso paraíso catalán que fuimos desde la Generalitat de 1289. Tres siglos más antigua que la España de Isabel y Fernando, en la que ‘pa los restos’, ¡oh, infortunio!, nos metieron los aragoneses por mor de la jodida real boda”.

Hasta hoy, cuando la actual generación (despreciando a las anteriores), marrulleramente se ha empeñado, ¡hasta el golpe de Estado!, en romper España y la baraja del sentido común, la ley y la democracia. Con los resultados electorales del 21-D, (a pesar de Arrimadas y el 37% de votos del separatismo) podría temerse que puedan conseguirlo. 

¡Nada de eso! 2 millones de talibanes ‘indepes’ no podrán, en la Europa del siglo XXI, contra los 47 de españolitos. Siempre que, con luces, si aún quedan, “el marco constitucional se enfrente ─y no acoja─ al nacionalismo”, como advierte Ovejero en El País.